Doble capitulación

La doble capitulación

Gustavo D. Perednik

El 27 de enero pasado fue el Día Internacional del Holocausto, proclamado así unánimemente por la ONU, a fin de que en el mundo entero se enseñe en qué consistió el nadir en el que cayó nuestra civilización con el sádico exterminio de seis millones de judíos.

La República Argentina, lejos de aprovechar la fecha para lanzar proyectos educativos al respecto; lejos de valerse de esa conmemoración para concientizar sobre la enormidad de la Shoá, agregó a ese día un motivo adicional de luto judío: firmó un convenio con el único Estado del mundo que ha incluido en su política oficial la Negación del Holocausto.

Todos los artificios para disfrazar lo sucedido son un monstruoso ardid. Un título como “Comisión de la Verdad” denomina lo que será una rúbrica a la mentira; otro como “acuerdo histórico” da nombre a una bochornosa capitulación.

Lo cierto y deprimente es que Argentina se ha rendido incondicionalmente ante su agresor: el régimen misógino, islamofascista y judeofóbico.

Desde que se reveló irrefutablemente que la República Islámica de Irán fue la perpetradora de los atentados en Buenos Aires, el objetivo de los ayatolás fue uno y único: convertir la incriminación de sus terroristas en una negociación política entre gobiernos. Lo han conseguido sin muchos esfuerzos.

Argentina había venido negándose a someterse. Había sostenido una ejemplar UFI (Unidad Fiscal de Investigación del Caso AMIA) que, durante casi una década, permitió a decenas de profesionales trabajar full-time para reconstruir casi enteramente los hechos. Había declarado una y otra vez que asumiría la verdad, que el descuido del caso AMIA había sido “una desgracia nacional” (Néstor dixit), había manifestado sensibilidad ante la agresión iraní.

Todo ello fue arrojado por la borda: el reclamo de justicia se transformó efectivamente en negociación entre dos gobiernos. La demanda frente al agresor ha sido convertida en un pacto con el diablo. Ganó Chávez. Este representante de los ayatolás en Latinoamérica empujó a la Argentina a la infamia.

No importa cuáles serán los resultados del acuerdo con Irán, porque éste es intrínsecamente infértil. La degradación será protegida por el cinismo de Timerman y la verborragia de Cristina, pero la justicia del caso AMIA ya ha muerto.

El gobierno argentino, que muestra músculos nacionalistas ante Gran Bretaña y EEUU, se sometió en maquiavélica genuflexión ante el régimen que perpetró los atentados terroristas más graves que sufriera el país.

Hasta aquí, la primera capitulación, en buena medida preanunciada por Pepe Eliaschev y denunciada ahora por periodistas de valía. Fue consumada sobre el deprecio oficial argentino por la Justicia argentina, la que lograba reposicionarse después de años de desprestigio.

Fue consumada sobre una vapuleada nación que necesitaba un poco de aire de verdad; sobre la tumba de las víctimas abandonadas a la “negociación” con Irán; fue consumada para alegría de la morralla judeofóbica de Luis D’Elía, que podrá inflar impunemente sus teorías conspirativas que acusan de las muertes de la AMIA a nada menos que el mismísimo Israel, la fuente de todos los males. Alberto Nisman podrá ser ahora acusado de ser agente del Mossad, como todo lo que no le gusta a D’Elía.

Y la segunda capitulación no es menos dolorosa: la de la dirigencia judeargentina que prestó su escenario para que el erostratismo de Timerman “explicara los alcances del acuerdo”, sin que la decencia entendiera qué tiene que ver investigar el caso AMIA con pactar con el régimen medieval.

Que Chávez maldiga a Israel por televisión e incaute las computadoras de la sinagoga de Venezuela no impidió a este gobierno considerarlo su mejor amigo, ni a la dirigencia aceptar eso silenciosamente.

Que los ayatolás se propongan borrar a Israel del mapa no impide que el gobierno firme con ellos un bochornoso acuerdo, ni que la dirigencia se entregue, pidiendo “correcciones” a un pacto que de por sí es una ignominia.

Es el mismo canciller que comenzó el proceso degradante el 25 de enero de 2011 en Alepo, cuando elogió amistosamente al genocida sirio, de quien evaluaba su candidatura como intermediario para negociar el precio que Argentina cobraría de los ayatolás para olvidar su reclamo de justicia.

Rodeado ahora por los dirigentes judíos que no lo cuestionaron, Timerman lanzó el traicionero escupitajo a Israel: “que el país judío no se meta, porque aquí murieron argentinos, no israelíes”.

Con esa sola frase se ha negado al Estado de Israel su carácter de Estado judío. Tratemos de imaginar si alguna vez hubiera en el mundo atentados contra mezquitas y se acallara la queja de los países musulmanes con el argumento de que sólo mueren locales.
Hace recordar a la película soviética de una hora de duración que se exhibía a quienes visitaban Auschwitz-Birkenau, donde habían sido asesinados un millón y medio de judíos. En el filme “explicativo” la palabra judíos no era pronunciada ni una sola vez.
Según los comunistas, habían sido masacrados “rusos, polacos, búlgaros, húngaros, checos…” Timerman lo remeda: “aquí murieron argentinos, bolivianos…” Que a nadie se le ocurra que la AMIA fue atacada por judía, porque en ese caso el Estado judío tendría todo el derecho del mundo (la obligación) de ocuparse de su destino.

Pareciera cumplirse la mordaz ironía del humorista austriaco Alexander Roda Roda a mediados del siglo pasado: la judeofobia “va a valer algo, sólo cuando los judíos se hagan cargo de ella”.

Fuente: Jai

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