Grandes pensadores judíos

Para los que estén interesados, les presento la narración de una de las obras más brillantes de Gustavo Perednik, donde repasa la historia de los grandes pensadores del pueblo judío. A continuación se encuentra el primero de una serie de siete capítulos:

Yom Yerushalaim

A LA BÚSQUEDA DE JERUSALÉN

Soldiers_Western_Wall_1967

Por Eli Wiesel, extraído del libro “Un judío hoy”

En el principio era Jerusalén

El sonido que provenía de las montañas, un llamado misterioso y lánguido. Una visión constantemente cambiante de un paisaje deslumbrante. Silencios dolorosos, silencios alegres.

Ciudad milagrosa que llega al cielo: la recuerdo con la misma claridad e intensidad con que recuerdo al niño que la añoraba. Parecía que hubiese pronunciado su nombre antes que el mío. Un nombre melodioso, evocativo de una distancia, familiar y sin embargo de un pasado desconocido, un nombre que consolaba incluso mientras inspiraba temor, especialmente al caer la noche, a esa hora de penumbra cuando los niños temen quedarse solos. Alguien tarareaba una canción de cuna o me enseñaba una plegaria. Cerraba entonces mis ojos y descubría una ciudad encantada y encantadora que se formaba en un sueño donde todos los hombres eran príncipes, excepto unos pocos vagabundos y sabios misteriosos de ojos ardientes. Y yo marchaba a su encuentro, conteniendo mi respiración.

Adivinaba el nombre del lugar. Sabía que se trataba de Jerusalén. De todos modos no podía situarla: ¿existía solamente en la imaginación de los niños y en la memoria de los ancianos?

Destruida una y otra vez, y sin embargo viva, conquistada una y otra vez, y sin embargo soberana, esta capital de la supervivencia tenía, si nos guiamos por las leyendas antiguas, dos caras, dos destinos.

Jerusalén terrestre y Jerusalén celeste: una, visible, evocando el luto y la lamentación; la otra, intangible, trayendo paz y eternidad. Y las dos se juntan en aquellas que saben cómo buscar dentro de las palabras y la memoria.

¿Pero qué sucede si uno no sabe buscar?

“Jerusalén”, solía decir mi abuelo, llorando, llorando con todo su ser. “Jerusalén”, solía decir mi maestro, riendo, riendo con todo su ser.

En un libro cuyas páginas estaban rotas y amarillentas había visto el dibujo de un muro intensamente alto, delante del cual estaban rezando de pie unos pocos creyentes melancólicos. Esta es Jerusalén, me informaron. De ahí en más estaba convencido de que ese lugar sólo podía hallarse en los libros – y era en ellos donde debía buscarse.

Libros de oraciones, libros de leyendas. Promesas y memorias. Hace mucho tiempo y el año próximo. David y el Mesías. Gran nostalgia, genuina expectativa. Exilio y retorno. Punto de partida y clímax. La historia judía no sería judía – no sería del todo – sin esa ciudad, la más judía de todas, la más universal también.

El niño que yo era la amaba más de lo que amaba a su pueblo natal. Pertenecía a ella, vagaba por sus callejones, me extraviaba en sus sombras. Y mis propios humores reflejaban sus sucesivas glorias y desolaciones.

Una costumbre: al finalizar una comida debe quitarse de la mesa hasta el último cuchillo antes de recitar la acostumbrada bendición evocando la añoranza del judío por Jerusalén. ¿Por qué? Porque la mesa simboliza el altar del cual todos los instrumentos mortíferos deben ser retirados. Y también, bajo la influencia de la nostalgia y la tristeza, el judío puede dejarse llevar por el impulso y clavarse el cuchillo en el corazón, mejor no exponerse a semejante tentación.

Un recuerdo: durante Pesaj, Shavuot y Sucot, nos cuenta una leyenda talmúdica, a los peregrinos nunca les faltaba espacio en el Templo. La gente convergía allí de todos los rincones del país, y “nadie se quejaba de estar apretujado”, milagro que jamás ocurría en la corte de nuestro rabino, que siempre estaba repleta. ¿Pero sucedía este milagro realmente en Jerusalén? No, decían las mentes emancipadas que no creían en maravillas. ¿Pero entonces cómo se explica? ¿Acaso se animaban a contradecir al Talmud? En absoluto. También Jerusalén estaba sobresaturada y sofocante, decían ellos, pero ocurría que… nadie protestaba, nadie se quejaba. Su razonamiento era pobre; no llegaban a comprender que precisamente en eso radicaba el milagro: el milagro de judíos que no se quejan.

En el noveno día de Av llorábamos por la destrucción del Templo. Era un día de ayuno y luto. Aturdidos, nos vestíamos con harapos y caminábamos de un lado para otro. Descalzos, nos sentábamos en bancos bajos o en el piso, leyendo las descripciones realistas de nuestra catástrofe nacional y religiosa que estaban escritas en el Talmud. Escenas de horror que helaban la sangre. Kamtza y Bar Kamtza: una historia de odio, de odio gratuito. Nevuzradan, Aspianos, Titus: heraldos de desolación y muerte. Yojanan Ben Zakkai y sus discípulos; supervivencia por medio del estudio, rezo y la palabra. La masacre de los inocentes, el orgullo del invasor. Desterrados de su ciudad en llamas, los judíos habrían de vivir veinte siglos con el recuerdo de sus ruinas y su gloria.

“Jerusalén”, decía mi maestro, “es la ofrenda de Dios a los hombres, y es un santuario erigido por el hombre en honor de Dios. Se espera que ambos vivían allí con temor, en éxtasis y esperanza; la más dolorosa de las esperanzas”.

Una máxima: ¿por qué Jerusalén fue reducida a cenizas y saqueada? Porque los sabios y estudiosos ya no imponían más respeto. O porque los judíos se odiaban mutuamente sin razón. O si no, porque la gente había perdido todo sentido de la vergüenza.

Una imagen: cuando las legiones enemigas se disponían a incendiar la capital ocupada, cuatro ángeles bajaron del cielo y le prendieron fuego, como para demostrar la impotencia de los mortales cuando atacan la ciudad de Dios. Jerusalén sólo puede ser destruida por Dios, e incluso Él mismo no tuvo éxito.

Otra imagen: tres jóvenes sacerdotes emergen del Templo en llamas, interrumpen el servicio sagrado y trepan al techo. Ahí se dirigen a Dios: “No supimos salvaguardar Tu morada, y por lo tanto Te devolvemos sus llaves”. Dicho lo cual arrojan las llaves al cielo. Y aparece una mano de fuego, agarra las llaves y se las lleva.

Hubo un tiempo en que yo condenaba a esos sacerdotes jóvenes; consideraba que su gesto había sido pueril y fácil. ¿Por qué devolver las llaves? En lo que a mí respecta, hubiera preferido un lenguaje más osado, más provocativo: “Señor del Universo, eres libre para renunciar a Tu santuario, eres libre para sacrificar a Tus sacerdotes y a Tu pueblo. Pero las llaves son nuestras, y nos las quedaremos”.

Luego veía a las llamas rodeando a todos los sacerdotes, jóvenes y ancianos, y veía que las llamas los llevaban: se transformaban en las llaves del Templo. Entonces yo dejaba de condenarlos.

Una historia: hacia el fin del sitio efectuado por los babilonios a Jerusalén, cuando la derrota de los judíos era una certeza, Dios ordenó al profeta Jeremías que convocara a Abraham, Isaac y Jacob. “Anda”, le dijo Dios, “diles que vengan rápido, Yo los necesito, pues ellos saben llorar”. Jeremías hizo tal como se le había ordenado. Fue a ver a los patriarcas, pero les ocultó el verdadero propósito de la convocatoria. Cuando ellos insistieron en saber por qué Dios deseaba verlos, el profeta adujo ignorarlo. Temía, dice el Midrash, que los patriarcas lo consideraran responsable por su inhabilidad para prevenir la catástrofe; temía que ellos lo criticaran por haber sobrevivido.

Los sobrevivientes de nuestra época tienen eso en común con nuestro trágico profeta. Viven con un temor constante a no saber cómo llorar, de ser incapaces de llorar verdaderamente. Sienten que su supervivencia es tan sólo una injusticia.

Hemos retenido las palabras de Jeremías pero no, ¡ay! Sus silencios. Pertenecen tanto a Jerusalén como el resto, y quizás más. Para mí, Jerusalén trae recuerdos; para mí, Jerusalén trae plegarias: plegarias sin palabras, palabras sin simulaciones.

Jerusalén: el punto central, estable de nuestra vida. Ilumina, fascina, atrae. Y sin embargo…

Una conversación:

“Tenemos derechos sobre Jerusalén”, dice el cristiano. “Hemos peleado por Jerusalén. Nos hemos dejado matar por Jerusalén. Estuvimos orgullosos de matar por Jerusalén”.

“Nosotros también”, dice el musulmán. “Hemos peleado por Jerusalén. Estuvimos orgullosos de matar por Jerusalén”.

“Es verdad” dice el judío. “Nosotros hemos construido Jerusalén, y la hemos reconstruido. Sin embargo, aunque nos hemos dejado matar por Jerusalén, nunca estuvimos orgullosos de matar por ella”.

Recuerdo mi primera visita a Jerusalén. Era de noche, y acabábamos de desembarcar en un reino extraño e inhumano. Alambre de púas, por todas partes alambres de púas, y encima nuestro cielo en llamas. Me rodeaban compañeros de viaje quienes, como yo, estaban mirando, esperando una señal, una clave. ¿Existía una clave a esta pesadilla? Los prisioneros que gemían, los oficiales que gritaban sus órdenes, los perros ladrando, los gritos dementes que llegaban de lejos: sonidos y vistas que no producían ningún recuerdo, ningún eco.

Mientras tanto, otros pasajeros bajan tambaleándose de los vagones sobrecargados. La muchedumbre se hacía cada vez más espesa. Hombres y mujeres y niños arrancados de todas las tierras, portadores de todos los nombres de la historia judía, representando cada faceta del destino, y los vi convergir en este lugar, este lugar exaltado de la humanidad a la sombra de las hogueras de otra época. Y repentinamente un pensamiento terrible se cruzó por mi cabeza: esto es Jerusalén, esta es la hora de la redención. Finalmente el Mesías había arribado, y los hijos de Israel llegaban de todas partes, poniendo término al exilio. Iban agitados a darle la bienvenida, a agradecerle y bendecirlo. Atrás, la época del tormento; atrás, la época de la oscuridad. La reunión de los exiliados estaba ocurriendo delante de mis ojos. Y aquí estaba Jerusalén, tanto terrestre como celeste, abriendo sus puertas a sus habitantes, muertos y vivos, llegados para glorificarla a medianoche. Ahora puedo yo morir, podemos todos morir, contentos y en paz. En Jerusalén.

Y recuerdo mi segunda visita a Jerusalén. La describí anteriormente y continuaré describiéndola una y otra vez.

Tuvo lugar en Moscú, una tarde de otoño bajo un cielo plomizo. Pensé que estaba delirando, tan anonadada estaba mi imaginación debido a lo imprevisto, debido al impacto dinámico de lo que estaba presenciando.

El sueño comenzó al atardecer. De repente el centro de la capital se corrió de la Plaza Roja al pequeño callejón polvoriento al lado de la sinagoga. Esa tarde, para los jóvenes judíos todos los caminos llevaban al mismo sitio. Estudiantes y trabajadores, soldados y miembros del Kromsomol, llegaban solos o en pequeños grupos, indecisos pero alborozados, el pelo revuelto por el viento, las balalaikas colgando de sus hombres. Cautos pero orgullosos mientras se confundían con la muchedumbre, eran saludados con exclamaciones: “¡Viva este día! ¡Viva! ¡Que viva el pueblo judío! ¡Viva!

¿Cuántos había? Miles y miles. La calle era demasiado angosta para contenerlos. Atrapados en el frenesí de la danza, parecían flotar en el aire, transfigurados, arrancados de sus sombras, elevándose por encima de los edificios, por encima de la ciudad, como si estuviesen trepando una escalera invisible, la escalera de Jacob, la que llega hasta el firmamento y quizás más alto aún.

No me había sentido tan fuerte desde hacía tiempo, ni tan orgulloso. En un rapto como de ensueño, me plegué a sus filas, con mis sentidos enardecidos por su exuberancia, por su fervor colectivo. Y me dejé transportar muy lejos en el pasado, en el futuro, en las nubes; olas luminosas me llevaban hacia otras costas, otros cuentos, a un lugar donde todas las cosas culminan en milagros y canciones.

Me olvidé que era la víspera de Simjat Torá – que se celebraba en Moscú como jamás fue celebrada en ninguna otra parte. Me vi a mí mismo en Jerusalén, peregrino entre peregrinos en los días de los reyes, empujado y devorado por el torbellino humano de un pueblo que volvió a reclamar su tierra y su ciudad, un pueblo soberano en sus alegrías tanto como en sus premoniciones.

Luego vino mi tercera visita, a principios de junio de 1967. Todavía se estaba combatiendo en varios frentes. Había francotiradores por todas partes. Pero esto no impedía que un pueblo jubiloso corriera hacia la Ciudad Vieja, todavía sitiada. Soldados y talmudistas, jasidim y almaceneros, niños de colegio y ancianos, sobrevivientes de todos los infiernos, rostros de todos los destinos – yo los vi corriendo casi sin aire, casi volando, hacia las callecitas enroscadas, las casas que servían de barricadas, corriendo para encontrarse con el Muro. Y allí, incrédulos y respetuosos, como niños con miedo de despertarse, todos se detuvieron abruptamente. Recuerdo la calidad, la densidad del silencio que cayó sobre nosotros: nadie se animaba a romperlo, ni siquiera con la melodía de una oración. Entonces algunos comenzaron a llorar, otros a bailar. Por mi parte, me dije que este espectáculo no era nuevo; ya lo había experimentado antes, en otro lado, en otra vida, hacía ya eternidades.

Y en un destello observé todas las caras que habían formado a la mía: compañeros de colegio, vecinos, héroes de libros, amigos de los campos de concentración, compañeros dejados atrás a lo largo del extenso camino a través de innumerables pequeños pueblos. Nunca antes los había tenido tan próximos, tan presentes. De repente comprendí: Jerusalén nos estaba acercando a todas las provisorias Jerusalén del exilio que el enemigo había cubierto con cenizas. Así como nunca recordé a Jerusalén mejor que en mi pequeño pueblo natal de Sighet, nunca recordé a Sighet mejor que en Jerusalén.

Todos sollozaban. Mirábamos hacia atrás, buscando a nuestros invisibles antepasados, caídos en el camino, víctimas del azar y el infortunio. ¿En qué medida merecíamos nosotros lo que a ellos les fue vedado? Lloramos, porque no había nada más que pudiéramos hacer, seguramente por ellos no podíamos hacer otra cosa.

Recuerdo que, como cualquier otro peregrino, agarré un trozo de papel y tras anotar un deseo lo metí en los intersticios del Muro.

Aunque se supone que uno no debe revelar la naturaleza de semejante mensaje, de todos modos yo lo haré. Había escrito: “Esta es mi tercera visita a Jerusalén. Que nunca me olvide de las dos que le precedieron”.

Y una voz dentro de mí contestó Amén. Reconocí la voz: no era la mía; era la de un hombre mayor que había muerto, una ofrenda en sacrificio a la noche en otra Jerusalén.

———————————————————————–

wall9

LOS PARACAIDISTAS LLORAN

Este muro escuchó muchos rezos. Este muro vio ya muchas murallas derribadas. Este muro percibió ya muchas manos de madres dolientes y trozos de letras escondidas entre sus piedras. Este muro vio a Rabi Yehuda Halevi arrastrarse ante él. Este muro vio cesáreos elevarse y ser exterminados.

Pero el muro este, no vio aún, paracaidistas llorar. Este muro los vio cansados y agotados. Este muro los vio heridos y sangrantes, correr hacia él, mientras sus corazones latían fuertemente, bramando y en silencio, brincando por las callejuelas de la antigua ciudad.

Y ellos cubiertos de polvo y con labios ardientes murmuraban:

Si te olvidare Jerusalén, si te olvidare…

Y ellos son ágiles como el cóndor y poderosos como el león.

Y sus tanques, el carruaje fogoso de Elyahu Hanaví.

Y ellos pasan como trineos. Y ellos desfilan irritados. Y ellos recuerdan los miles de años horribles durante los cuales ni siquiera teníamos un muro sobre el cual verter nuestras lágrimas.

Y he aquí que ellos se hallan frente a él, de pie y respiran hondo. Y he aquí que lo miran con dulce dolor. Y las lágrimas fluyen y ellos se miran uno al otro perplejos. ¿Cómo es posible que paracaidistas lloren?

¿Como es posible que palpen emocionados la pared?

¿Cómo es posible que de ese llanto brote un canto?

Tal vez sucede esto, debido a que estos muchachos de 19 años nacieron junto con la Declaración del Estado y portan sobre sus espaldas – el peso de miles de años…

Jaim Jefer

———————————————————————–

-

Feliz Yom Yerushalaim, nuestra capital eterna e indivisible! Am Israel Jai!

Europa, de nuevo

Sinceramente me resulta nefasta la situación en Europa para con los judíos. Especialmente en Francia.
En lo que parece ser un ataque terrorista cercano al Museo Judío de Bruselas, Bélgica, 4 personas fueron asesinadas. Mientras tanto los judíos franceses deben literalmente escapar de la judeofobia que se está apoderando del país. La “Aliáh” europea está creciendo exponencialmente. Decenas de miles de mensajes y tweets en España contra los judíos, incluyendo reivindicaciones del nazismo, por la victoria del Maccabi Tel Aviv frente al Real Madrid. Lo más curioso del caso es que no noto a nadie (gobiernos, instituciones, organizaciones de DDHH, etc.) sorprendido al respecto. El odio a los judíos se ha naturalizado y está tan implantado como un fenómeno normal de una sociedad que incluso pareciese tener un tratamiento diferente (la “escandalización” de la sociedad ante estos hechos resulta menor que con casos similares apuntados a otras minorías).

Esto es, no es el odio más popular para estar en contra. No es que sea nada nuevo. La normalidad de la judeofobia.

Otra cosa que no deja de sorprenderme es la demencia judeofóbica que demuestra una y otra vez la TV egipcia (y del Medio Oriente en general, como nos muestra MEMRI).

Será que ya estoy cansado.

En este contexto, veo positiva la visita del Papa Francisco I a Israel (probablemente el Papa más pro judío de la historia) y espero que se reconozca de una vez por todas que el verdadero aliado de los cristianos en Medio Oriente (donde son perseguidos, y por ejemplo en Siria, crucificados) es Israel. 

Dantesca destrucción en el norte de Irán: El Gran Bonete ataca de nuevo

Explosión en el norte de Irán

Dantesca explosión en el norte de IránUna explosión de enormes proporciones sacudió la ciudad de Qazvin en el norte de Irán, según señala un reporte de la agencia semioficial iraní Fars.

El informe dice que las autoridades estiman que hay numerosas víctimas.

El reporte menciona que la explosión se produjo en un depósito; pero no se aclarado a que tipo

de elementos se almacenaba en ese sitio.La ciudad de Qazvin posee más de un millón de personas y en la antigüedad fue capital de Persia, está ubicada a alrededor de 160 kilómetros al noroeste de Teherán.Exiliados iraníes afiliados a la Organización Mujahedin Khalq o MKO denunciaron, en 2010, la existencia de una planta nuclear secreta de enriquecimiento de uranio en Abyek, en la provincia de Qazvin, una afirmación que fue rechazada por funcionarios iraníes.

Fuente: AURORA

Feliz Yom Haatzmaut

Yom Haatzmaut: Dos textos de la época

Ezequiel 28:25:
Así dice Dios el Eterno: Cuando haya recogido a la casa de Israel de entre los pueblos donde están dispersos y los haya santificado a la vista de las naciones, morarán en su propia tierra que le di a Mi siervo Yaacob. Allí vivirán seguros, construirán casas y plantarán viñedos; sí, vivirán allí en seguridad cuando Yo ejecute Mis designios sobre todos los que los desprecian en derredor y sabrán que Yo soy el eterno su Dios.

Como es tradición en este blog, publico para Yom Haatzmaut dos artículos de mi querido abuelo contemporáneos a la independencia de Israel:

Resurrección

Por Pedro Lew

Posadas (Misiones, Argentina) Diciembre 19 de 1947

Los pueblos del mundo han reconocido al viejo y antiguo pueblo de Israel, sus derechos históricos y jurídicos sobre parte del patrimonio de sus antepasados. Se cumple así el anhelo de 60 generaciones. Cerca de 2.000 años han pasado desde que el pueblo judío fue expulsado de su tierra natal. 1812 años han transcurrido desde el último grito de rebelión, lanzado por Bar-Kojba, contra la tiranía de Roma.

 

La pequeña Judea se lanzó, con fervor patriótico y afán de libertad, contra las huestes romanas. El Imperio más grande de antaño, tuvo que luchar fieramente para quebrar el espíritu de emancipación y de los hombres libres que abarcaba desde los montes del Hermón hasta el desierto del Sinaí, desde el Mar Mediterráneo hasta el Mar Muerto.

 

Dura era la lucha, sangrientas las batallas; un pueblo pequeño quiso romper las cadenas de esclavitud, pero esta lucha era la última; quemados sus pueblos, muertos sus guerreros, arrasados sus templos, llevados al cautiverio sus mejores hijos e hijas, vendidos en los mercados de esclavos.

 

Lloraba el chacal en las desiertas praderas, el buitre ha hecho su nido en los jardines, el lagarto y la víbora se acomodaron en las ruinas, y el beduino del desierto ha hecho suya las casas y palacios destruidos.

 

Israel había caído, Judea quedó destrozada, el gran Templo en ruinas: “Jehová” se ocultaba llorando y Raquel se levantó de su tumba de Beit-Lejem, alzó sus manos de madre al cielo y preguntó: “Por qué! ¿Por qué esta mala suerte contra mis hijos valerosos?” y se oyó una voz que contestó: “Llegará el día, cuando los pueblos del mundo harán retornar a tus hijos a Eretz Israel: a la patria de Israel”.

 

Y este día ha llegado; ha llegado por fin el día de “Tjiat-Ametim”, ha llegado el día de la legendaria resurrección de los muertos.

 

1812 años el pueblo judío vagaba por el mundo, le era negado el derecho de ser hombres, el derecho de vivir fue encerrado en “Guettos”, fue tratado como paria, era el hazmerreír de los poderosos, era la presa de los turbios, fue expulsado de los países, masacrados en masa, toda la maldad y tiranía del mundo la sentía en su propia carne; era el barómetro de la política de cada potentado o gobierno. Pero esta nación nunca jamás ha olvidado a su tierra natal; generación tras generación mantenía latente la esperanza y el anhelo de retornar al antiguo patrimonio, a la ciudad que el Rey David había construido.

 

Y tampoco perdieron la esperanza de que no siempre reinara la noche oscura sobre la tierra, que no sea eterna su vida de parias y extraños en el mundo, que recuperarán su dignidad y orgullo, que llegará la aurora para el mundo y para ellos. Toda esa esperanza invencible les ha mantenido unidos y fuertes para soportar las tempestades de tan largo destierro.

 

Israel se prepara para ocupar su puesto como nación libre e independiente dentro del concierto de los pueblos libres y democráticos del mundo.

 

En la cuna de la civilización del mundo, en la cuna del monoteísmo, en la patria de las tres religiones, se alzará la flamante bandera blanca y azul, con la estrella de David en el centro, para anunciar al mundo íntegro que el pueblo de la Biblia, que el pueblo de los diez mandamientos, que el pueblo del espíritu moral y del libro, ha resucitado; ha llegado el día del Mesías prometido.

 

Y se cumple la profecía de aquél profeta formidable, de aquél visionario revolucionario, del gran Ezequiel quien dice en el capítulo 37: “He visto huesos humanos, resecados sin carne y sin sangre, llenando el valle; y una voz me manda: Háblales, dales esperanza. Y con palabras humanas les infundí confianza y anhelos y, Oh milagro, se mueve el valle, se juntan los huesos, se cubren los músculos, se llenan sus esqueletos con carne y sus venas con sangre; y una masa formidable se levanta llena de espíritu”. Esta profecía de aquél profeta está cumpliéndose en nuestros días: de la ceniza de Maidanek, de los campos de concentración de Buchenwald, Osmienchim, y millares de otros campamentos, los esqueletos humanos, sobrevivientes de la masacre hitleriana (donde fueron asesinados 6 millones de seres judíos) se levantan con un nuevo vigor y empuje, para ayudar a reconstruir la tierra prometida.

 

El deber aquí, el deber de los judíos en los países de la diáspora es convertirse en la retaguardia de las avanzadas hebreas en Palestina, para fortalecer sus brazos y sus espíritus, en la magna obra que se avecina, ofrecerles la ayuda material y moral, para que no se queden solos en la gran reconstrucción de un pueblo que ha resucitado.

No es obra de un partido solo, es deber y obra de todos los judíos sin distinción de colores o partidos, todos son judíos y como tales tendrán que contestar, como un solo hombre, al llamado de los hermanos en esta hora histórica y trascendental de su pueblo. Benditos sean aquellos que sabrán ponerse a la altura de los acontecimientos, benditos aquellos que pondrán el interés y bienestar colectivo por encima de las mezquinas vanidades personales y benditos sean los dirigentes judíos que sabrán interpretar el mandamiento de la hora, de fortalecer el espíritu de unidad judía, mancomunados para un solo fin: la reconstrucción de Eretz Israel para el pueblo de Israel.

¿Sangre o nafta?

Por Pedro Lew

Posadas (Misiones, Argentina) Noviembre 30 de 1948

El 29 de noviembre de 1948, se cumplió el primer aniversario de la histórica resolución de la O.N.U. de repartir Palestina en dos Estados libres e independientes, Judío y Árabe.

El 14 de mayo de este año, fue proclamado el establecimiento del Estado de Israel, sobre la parte de la Palestina correspondiente. Desde el principio, Gran Bretaña se opuso a la creación del Estado de Israel; sus intereses imperialistas no coincidían con el cambio político en el Medio Oriente. Gran Bretaña no ha podido permitir que se levante un Estado moderno y progresista en medio de sus vastos intereses económicos y militares, principalmente en contra de sus intereses petrolíferos del Medio Oriente. Le era más conveniente, tener como “amigos” a los “Effendis”, “Pachas” y jeques árabes, que mantienen a sus pueblos en estado de esclavitud, hambre y miseria, plagas y enfermedades.

 

El “socialista” Bevin prefería tratar con estos “amos” del desierto, comprándolos con un puñado de oro, que verse obligado a entrar en relaciones con un pueblo culto, capacitado, moderno y democrático, y por tal motivo, desató la sangrienta lucha en Palestina, para aplastar al Estado recién creado, movilizando para tal fin, a todos los ejércitos Arábigos del Oriente. 7 países árabes, armados hasta los dientes, han atacado al joven Estado de Israel.

 

Y el “compañero” Bevin, estaba más que seguro, que terminaría la gran obra que empezó Hitler, de aniquilar a los judíos.

 

Pero el Estado de Israel no dejó aplastarse. Sin recursos, sin ejércitos, sin armas, ha repelido la agresión de los árabes. Sus hombres y mujeres, obreros, artesanos, estudiantes y profesores, campesinos y comerciantes se han alistado, todos como uno solo, para defender a sus hogares, su patria recién creada, y su honor como hombres libres, de una patria libre.

 

Estos soldados, improvisados, luchaban como tigres, ellos sabían el por qué de esta lucha, y lo que les espera en caso de ser derrotados, se daban cuenta, que atrás de los ejércitos de mercenarios árabes, está el “socialista” Bevin defensor de los grandes intereses petrolíferos mundiales, para quien la sangre roja de los pueblos no significa nada, no tiene ningún valor, sino el líquido negrusco de los tubos petrolíferos.

 

Y esos hombres de Israel, convertidos en soldados, han inflingido derrota tras derrota a los ejércitos invasores, ocupando pueblos y aldeas de los árabes, sembrando el pánico entre los “bravos” soldados de los “Effendis”, “Pachas” y jeques; poblaciones enteras árabes han pedido protección de Israel. Pero al “compañero” Bevin no le conviene que así nomás se terminen sus intrigas, no entran en sus cálculos imperialistas que reine la paz y la armonía entre los pueblos; más tiene interés en mantener latente la tensión bélica, para debilitar a las economías nacionales de los pueblos en litigio, manteniendo a sus hombres bajo las armas, sin ningún provecho o utilidad para los países en lucha. Y así llegará a realizar su ambición, de ser dueño y amo del Medio Oriente, con sus ricos yacimientos petrolíferos. ¿Pero permitirán los pueblos libres del mundo que la nafta valga más que la sangre humana? ¿Permitirán estos mismos pueblos que su propia resolución de la O.N.U. sea un mito, para favorecer a los intereses de unos potentados? ¿Permitirán que la nafta sea la chispa de la gran hoguera que ha encendido al mundo? ¿Recordarán todo eso los pueblos libres del mundo?

El tiempo nos lo dirá!

-

-

Declaración de independencia

Breve reseña sobre Venezuela

Actualmente Venezuela vive una situación muy difícil. La juventud en Venezuela no tiene futuro. Todos los productos los tienen que importar, por lo que no hay trabajo. Tal vez una familia afortunada puede vivir de los subsidios del Estado, pero la población en general no tiene ni papel higiénico. No tienen leche ni pan. Los hospitales no tienen insumos. La inflación más alta del mundo. Más de 24.000 muertos en 2013 por el crimen. No hay prensa libre, hay grupos paramilitares que revientan a balazos a cualquiera que salga a protestar contra el gobierno. En las cárceles TORTURAN a los estudiantes. Bloquean internet, no permiten que las cadenas internacionales muestren la situación. No hay Estado de derecho ni derechos humanos. Disculpen que lo diga así, pero para mí NO HAY DEMOCRACIA en Venezuela, no hay República. Un joven promedio creció prácticamente toda su vida bajo la bota chavista. El chavismo convirtió una nación rica en un país bananero. Muchos gobiernos de la región son CÓMPLICES.

Me parte el alma ver las fotos de esos jóvenes estudiantes asesinados, golpeados, torturados, difamados y heridos por los matones chavistas.

Que Maduro haya ganado las presidenciales con el 50,66% (su candidato opositor obteniendo el 49 y pico restante), no les da derecho a disparar a matar contra manifestantes y encarcelar opositores. A NINGÚN GOBIERNO. Una democracia no son solo elecciones, señores cavernícolas!

Si el régimen chavista sigue comportándose de manera tan bestial y sanguinaria con sus propios ciudadanos, me temo que el pueblo venezolano no tendrá más remedio que levantarse en armas. Son las consecuencias producto de las perversiones de una izquierda mal llamada progresista que consuetudinariamente se ha aliado a lo peor de la humanidad. Que ha revestido de idealismos las más nefastas tiranías y ha convertido en paladines a sociópatas y transgresores. De esa izquierda salió o fue captado por ella, un grupo de gente sin escrúpulos, obsesionado con el poder, que no tolera disidencia alguna y es capaz de hacer cualquier cosa porque en sus mentes no hubo jamás freno moral. Si esto sigue así, la mitad antichavista de Venezuela tendrá que formar su propia república independiente.

Lamentablemente la oposición venezolana no está tan preparada como el oficialismo, son simples estudiantes, trabajadores, profesionales, ciudadanos comunes que no manejan armas, no están pagos por el gobierno ni se dedican tiempo completo a la “militancia”. Pero ningún régimen puede ahogar los reclamos legítimos de la mitad de un país entero sin destruir una nación y sumirla en el caos.

Por otro lado, los medios controlados por el chavismo utilizan un lenguaje insultante, maniqueo y exacerbado para desacreditar todo tipo de crítica hacia los abusos, crímenes y pésima administración del actual gobierno venezolano. Su objetivo es matar o silenciar al mensajero, sin escrúpulo moral o democrático alguno. La referencia a un supuesto e inexistente “fascismo” en el bando democrático es uno de los más apreciados entre las filas nazibolcheviques que están dispuestas a defender a cualquier tirano, causa injusta, valores retrógrados o dictadura con tal de que se oponga al tan odiado “imperio” norteamericano, incluyendo apoyar a Castro, Assad, Ahmadinejad y demás horda asesina. Ellos quieren ocultar la información al mundo. Con sus descaradas mentiras, adjetivaciones y omisiones, la cadena militante Telesur hace parecer a la parcial y conservadora Fox como un paraíso de civilidad, honestidad y responsabilidad periodística. Lo se porque tuve el disgusto de ver esa cadena en Argentina, promoviendo el fundamentalismo chavista más allá de sus fronteras. Simplemente vergonzoso, ni los medios argentinos cayeron tan bajo.

Todo esto me lleva a la conclusión de que actualmente las luchas en varias partes del mundo ya no se tratan de una disputa ideológica por el poder, la tierra, el liberalismo o el socialismo. Se trata de una pugna entre los partidarios de la democracia y las fuerzas del autoritarismo. Procuremos no ir a contramano de la historia por intereses mezquinos. Mi total solidaridad con los presos políticos en Venezuela y D’s quiera que caiga la dictadura más pronto que tarde.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 55 seguidores

%d personas les gusta esto: