¿Buscan la paz los saudís? – Ed. Jerusalem Post

Traducción de Jose Antonio de Safed-Tzfat

Con la visita de Condoleezza Rice esta semana y la atención especial que se dio al renacimiento de la Iniciativa de Paz árabe, inspirada en la saudí del 2002, las expectativas se habían incrementado de que la cumbre árabe de Riad podría proporcionar un mecanismo para reanudar el proceso de paz árabe-israelí.

Seguramente los diplomáticos israelíes habían esperado que un plan de paz modificado pudiera ser adoptado por los jefes de estado árabes, un plan que excluiría cualquier referencia al retorno de los refugiados palestinos a Israel – algo imposible para el espectro político israelí. Cuando eso pareció improbable, aumentó la especulación de que mientras la iniciativa formal permanecería sin alterar, al menos algunas otras declaraciones serían realizadas por separado tratando de tender la mano a la opinión pública israelí y construir la confianza mutua.

Pero la Iniciativa de Paz árabe redujo aún más esas expectativas cuando el ministro de Asuntos Exteriores saudi, Al-Faisal, advirtió a Israel que su rechazo del plan dejaría su destino en manos “de los señores de la guerra.”

Más bien que obtener algo de flexibilidad, Israel recibió un ultimátum.

Este no era el estilo del presidente Anwar Sadat o del Rey Hussein, sino el peor modo de alcanzar cualquier modus vivendi con Israel.

Además, si Israel pensó que la diplomacia optimista de Rice estaba basada en una coordinación sincronizada americano-saudi, fue una sorpresa total cuando Jim Hoagland reveló en el Washington Post que el rey Abdullah de Arabia Saudí anuló una comida de gala a mediados de abril con el presidente George W. Bush en la Casa Blanca. Hoagland tuvo noticias de fuentes de la administración de que Riad había decidido por el momento buscar puntos en común con Irán, Hamas e Hizbullah. Ahora se hace comprensible por qué los saudís decidieron reforzar a Hamas, con el acuerdo de la Meca, marginando políticamente aún más a Mahmoud Abbas.

¿Si Arabia Saudí ha decidido distanciarse de los EE.UU en estos momentos, entonces cómo podría esperar Washington que el tiempo esta maduro para un acercamiento saudi-israelí bajo el paraguas americano?

La anterior vez que se habló de la iniciativa saudi, durante la cumbre árabe del 2002 en Beirut, Hamas atacó el Hotel del Parque, en Netanya, durante la primera noche del Pessah, matando a 29 israelíes e hiriendo a más de 150. Entonces Arabia Saudí no demostró a Israel que era serio sobre su plan de paz reduciendo su apoyo financiero al Hamas; de hecho, incrementó más del 50% los ingresos totales de Hamas en el 2003.

Además, los saudís no se acercaron a Israel directamente, sino que decidieron lanzar su iniciativa por medio de las columnas del periodista Thomas Friedman, en el NYT. El medio era el mensaje. La figura clave saudí en los contactos con la prensa fue Adel Al-Jubeir, a quien habían enviado a Washington para coordinar los esfuerzos para mejorar la imagen menguante de los saudís en EEUU. Parecía evidente que la iniciativa saudita no estaba dirigida hacia Israel, sino más bien a la opinión pública americana “post 9/11”, sobresaltada tras conocer que 15 de los 19 secuestradores que atacaron Nueva York y Washington eran ciudadanos saudís.

Los verdaderos problemas con la iniciativa de paz saudita van bastante más allá de la muy debatida cuestión “del derecho al retorno” de los refugiados palestinos.
Los problemas estriban en la demanda del plan saudí de una “retirada plena” de todos los territorios capturados hace 40 años en la guerra de los Seis Días, así como la negativa a una flexibilidad territorial contenida en la Resolución 242 de la ONU, resolución que intencionadamente no utilizó un lenguaje restrictivo.

La adopción del plan saudita conduciría a una nueva división de Jerusalén. Esto también despojaría a Israel “de unas fronteras defendibles” que Bush aseguró a Israel en su carta de abril de 2004 al primer ministro Ariel Sharon. En 2007, con el jihadismo del Al-Qaida en Irak y un Irán ascendiente en toda de la región, dichos elementos de seguridad sólo han aumentado su importancia.

Las seguridades contenidas en la carta de Bush son críticas para Israel y habían constituido la retribución principal que Israel había obtenido por la retirada de Gaza. Ahora la carta parece haber sido olvidada. En efecto, existe una contradicción deslumbrante entre el nuevo abrazo de la administración de Bush a la iniciativa saudí y las seguridades proporcionadas a Sharon hace sólo tres años.

Incluso la paz “regalada” por los sauditas no es lo que podría parecer en un principio. Promete unas “relaciones normales” con Israel, un término diplomático sirio de los años 90 diseñado como una alternativa “aguada” a un proceso de paz europeo que implicaba el término “normalización” (tatbiyan en árabe). Sin embargo, la iniciativa saudí reaparece para ser presentada como un magnífico trato entre Israel y el mundo árabe: “una retirada plena por una paz plena con todo el mundo árabe”, aun si permanecen dudas serias de sí esta es la verdadera intención de los saudís.

Aún hoy, al igual que en 2002, la paz con Israel probablemente no encabeza el orden del día saudí. El problema supremo de Arabia Saudí no es el conflicto israelí palestino, a pesar de la fuerte identificación ideológica del rey Abdullah con la causa palestina en el pasado. Lo que potencia el nuevo activismo diplomático de Arabia Saudí es la creciente amenaza iraní y la débil respuesta occidental.

El presidente Ahmadinejad se ha comprometido en una segunda revolución iraní: lo que significa un renacimiento de los esfuerzos iraníes para exportar el chiísmo revolucionario, donde quiera que sea posible. En algunos países donde los sunnitas están relegados, como Sudán y Siria, los iraníes esperan convertir a los sunnitas al chiísmo. En el Golfo, hay poblaciones chiítas muy sustanciales. En efecto, la vulnerabilidad principal de Arabia Saudí está en su provincia del este, colindante con Bahrain, rica en petróleo, y de mayoría chiíta en un 80%.
Su potencial para una subversión revolucionaria es enorme. Según documentos del tribunal estadounidense, el ataque de 1996 contra las Torres Khobar, en Arabia Saudí, fue conducido por el Hizballah Al-Hijaz, un grupo terrorista chiíta controlado directamente por funcionarios iraníes.

¿Qué puede hacer Occidente? Tiene que tranquilizar a sus aliados del Golfo siendo más asertivo en su contestación al poder iraní. Los instintos que Rice trata de aprovechar, con esa amenaza compartida tanto por Israel como por los estados árabes sunnitas, son esencialmente correctos, pero deben ser dirigidos por vías totalmente diferentes.

Cuando Arabia Saudí afronta su propia amenaza islamista sunnita desde dentro, y una amenaza chiíta desde fuera, no es sorprendente que la última cosa que necesite es planear negociaciones con israelíes y periodistas en Riad.

Y con un Hamas en el poder entre los palestinos, y ejercitando diariamente su fuerza militar en Gaza, Israel no tiene por qué experimentar con nuevas retiradas. En tales circunstancias, unos contactos “tranquilos” entre Israel y sus vecinos tienen mucho más sentido que una diplomacia pública exhibicionista. En la pacificación, el tiempo lo es todo.

¿Qué ventajas tendrían esos contactos? Primero, encontrando modos de añadir a aquellos palestinos que están listos para distanciarse de Irán. Y si ningún poder palestino surge, alentar a Egipto y Jordania para que tomen un papel más constructivo en la eliminación del caos presente ayudando a controlar el crecimiento de los ejércitos terroristas presentes en los territorios.

Actualmente, no hay ninguna indicación de que algo como eso vaya a pasar. Pero si Arabia Saudí procura presentarse como una fuerza constructiva, debe utilizar su poder político y financiero entre bastidores para neutralizar aquellos grupos que procuran minar la estabilidad del actual Oriente Medio. Sólo entonces va a ser posible explorar el edificio de las fundaciones de una paz regional que ya estaba siendo vendida de antemano esta semana.

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