Hijos de puta: Uníos!

Antisemitismo chavista

(solamente su último ejemplo)

Por Antonio José Chinchetru

La alocución televisiva de Hugo Chávez ordenando la expropiación de los edificios de una céntrica plaza de Caracas ha dado la vuelta al mundo. Uno de los objetivos principales de la calculada (por falsa) espontaneidad del presidente venezolano era el histórico edificio La Francia, que albergaba una gran cantidad de comercios de oro y joyería. Lo que no resulta tan conocido es que el 60 por ciento de los pequeños empresarios afectados por la “bolivariana” arbitrariedad chavista eran judíos. No se trata de una coincidencia. Al contrario, es una buena muestra de un antisemitismo cada vez más evidente en el líder del socialismo del siglo XXI.


Al día siguiente de que Chávez ordenara en televisión la expropiación, grupos de seguidores del presidente fueron a hostigar a los comerciantes que recogían sus cosas. Los gritos que tuvieron que oír aquellos que perdían su forma de vida no dejaban lugar a dudas. “¡Fuera, judíos, váyanse a su casa!”, clamaban los sectarios bolivarianos a las víctimas del expolio gubernamental. En el programa televisivo de agitación y adoctrinamiento La Hojilla, el presentador (un barbudo que al hablar parece un doble de Chávez) justificó la expropiación con el argumento de que en el edificio “sólo hay judíos que venden oro”.


La expropiación, que en rigor iba dirigida contra la universidad propietaria del edificio (no controlada por el Gobierno), evidenció una judeofobia chavista que responde a los esquemas clásicos del viejo odio contra los hebreos. Dos mitos se repitieron esos días: los judíos como personas que comercian con oro y los judíos como extranjeros. Nada sorprendente. Basta con observar de quién gusta rodearse Hugo Chávez para comprender que el antisemitismo tiene su lugar en su peculiar y totalitaria visión del mundo.


Al margen de su nefasta alianza con Ahmadineyad, Chávez ha nombrado vicepresidente a Elías Jaua, uno de los personajes más siniestros del régimen venezolano. A sus vínculos con los terroristas de ETA y las FARC, hay que sumar sus antiguos contactos con los golpistas “carapintadas” argentinos, según denuncia el Centro Wiesenthal. Entre estos últimos, el odio a los judíos era algo público y notorio. El mandatario venezolano tuvo entre sus primeros colaboradores a un oscuro personaje argentino, el ya fallecido Norberto Ceresole. Ceresole era un furibundo ensayista antisemita que negaba el Holocausto y cuya obra es admirada por los neonazis.


El odio a los judíos y el rechazo a la libertad suelen ir unidos. El chavismo es un buen ejemplo de ello.

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Recomiendo a todo aquel que esté interesado en estudiar la ideología chavista, investigar quién fue el precursor de la misma y mestro de Chávez: Norberto Ceresole, un malnacido hijo de perra de importancia… simpatizante de los fascistas “carapintadas” argentinos, genio de neonazis, considerado “intelectual revolucionario” por la ultraizquierda marxista y uno de los precursores en el apoyo moral a los terroristas islámicos (sí, también se incluye Al-Qaeda). La misma historia de siempre. Totalitarismos de diversa índole que en principio parecen antagónicos, son en definitiva caras de una misma moneda que se conjugan en principios comunes (no solamente en el antisemitismo, sino en una visión nefasta del mundo, odios comunes, junto con métodos y objetivos ideológicos similares). Con esto no quiero decir que cualquiera que haya alguna vez simpatizado con Chávez es un nazibolchevique islamofascista amante de Bin Laden, pero tampoco está demasiado lejos de eso (basta con leer ciertas páginas web o comentarios, empezando por el propio sitio oficial del régimen chavista: Aporrea). Y si el propio Chávez no tiene la valentía de expresar comentarios antisemitas públicamente, parece que tampoco le interesa demasiado evitar o condenar el comportamiento judeófobo de la mayoría de sus partidarios. No por nada Chávez suele decir que la involución islamista en Irán y el movimiento bolivariano son parte de una misma revolución. Tampoco es casualidad que de las filas de los grupos neonazis en Alemania salieron los miembros del Baader-Meinhof (ejemplos como este abundan). El judío es el innato enemigo moral del totalitarismo, no porque tengan un don especial, sino porque los principales enemigos del pueblo judío terminan siendo enemigos de la humanidad entera, solo que empiezan por los hebreos y otras minorías (pero ahí no se detienen). Prueba de ello está en los anales de la historia. Por fin entiendo cuando Pilar Rahola dice que “los judíos son el termómetro para observar la enfermedad de una sociedad”.

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