La nueva judeofobia

Acá van unas palabras donde explico porque el antisionismo es una forma de la judeofobia… 

Desde hace un poco más de dos mil años, la judeofobia es el arma preferida de los pueblos, las ideologías y las personas cuando necesitan destruir la identidad del “otro” para construir la suya. Un arma que no está delimitada por fronteras geográficas ni carece de medios para ampliar sus horizontes. Un arma que no se desgasta con el tiempo ni con las incontables manos que la aferraron. Un arma que fue disparada abierta y orgullosamente por algunos, y que hoy en día es utilizada de una forma mucho más sutil, de una forma que permite esquivar sus obstáculos sin alterar su blanco.

  Ya en el siglo IV,  el “santo” Juan Crisóstomo afirmaba – mientras esparcía su amor por Jesús – que los judíos “sacrifican a sus hijos e hijas a los demonios, ultrajan la naturaleza y trastornan las leyes de parentesco”. Por la misma época, colegas suyos explicaban que los judíos “encarnan la maldad y están poseídos por el demonio”. Tal vez este tipo de declaraciones puedan sonar tragicómicas a nuestros oídos. Pero lo cierto es que durante siglos se convirtieron en la norma, en el combustible de este odio visceral capaz de discriminar, perseguir, expulsar, bautizar forzadamente y matar a los judíos que estaban dispuestos a preservar su identidad.  Cuando los mitos judeofóbicos se agotaban, otros venían a ocupar su lugar. Así fue como los judíos fueron acusados de ser leprosos, deicidas, cometer libelos de sangre y, ya entrados en la edad moderna, dominar o pretender dominar el mundo.  

En el siglo pasado, la conjunción de dos eventos cambió el discurso judeofóbico. El primero de ellos fue la Shoa: el país más culto de Europa engendró un régimen totalitario que puso en marcha un plan sistemático y organizado para matar hasta al último bebe judío del mundo. Mientras la humanidad miraba para el costado, la locura nazi se llevó la vida de seis millones de judíos, un tercio de la población judía mundial. Después de que los nazis fueron derrotados y de que los sobrevivientes dieron a conocer sus crímenes, la necesidad de que los judíos tengan un estado propio dejó de ser el grito ahogado de algunos; el 14 de mayo de 1948 se declaraba la independencia del estado de Israel.  

En este nuevo panorama, donde los judíos son víctimas del genocidio más brutal de todos los tiempos y poseen su propio estado, ser “antijudío” se convirtió en algo políticamente incorrecto y estratégicamente contraproducente. De ahora en más, los judeofobos no van a disparar el arma contra el pobre judío que sufrió mucho, sino contra el nuevo y vigoroso Estado de Israel. De ahora en más, ser “antisionista” iba a constituir la nueva moda, el nuevo disfraz que permite “racionalizar” el odio y descargarlo sin tener de que avergonzarse.

Así llegamos al día de hoy, donde ya no se habla de eliminar al judío de la sociedad, sino de “borrar a Israel del mapa”, en palabras del mandatario iraní Mahmud Ahmadinejad; ya no se acusa a los judíos de chupar la sangre de niños cristianos, sino a Israel de traficar los órganos de niños palestinos[1]; ya no se califica al judío como un “virus”, sino a Israel como “el cáncer del medio oriente”; ya no se acusa a los judíos de someter a los pueblos y dominar el mundo [2], sino a Israel de ser un país “imperialista”, que “ocupa territorios” y mantiene a la población palestina en la miseria. De esta forma, vemos como los viejos mitos son reciclados por el judeófobo contemporáneo que, para colmo, se puede dar el lujo de decir: “yo no tengo nada en contra de los judíos”. Pero resulta que de entre los 192 Estados que hay en el mundo, el único que lo moviliza y carga de adrenalina, el único por el que marcha quemando banderas y al único que permanentemente mira con lupa, le cuestiona su derecho a existir y a defenderse es a Israel: el único Estado judío. Siendo más explícitos, donde más del 80% de la población es judía, donde se habla la lengua judía, donde prevalece el calendario judío y con el cual prácticamente todos los judíos del mundo se sienten identificados.  

Si todavía creemos que esto puede ser una mera casualidad, encaremos la siguiente pregunta: ¿Qué país recibió más sanciones por parte de la ONU?

¿Corea del Norte, gobernada por un régimen comunista opresor y dictatorial?

¿Arabia Saudita, donde las mujeres son tratadas como esclavas y una persona puede ser flagelada por portar una biblia?

¿Irán, que desde la revolución islámica financia grupos terroristas (léase Hamas y Hesbollah) que convierten a chicos de entre 13 y 18 años en máquinas de matar dispuestas a inmolarse en una pizzería o en una fiesta de cumpleaños?

¿Irak, donde bajo la orden del dictador Saddam Hussein fueron asesinados más de 182.000 kurdos?

¿ Siria, Yemen, o alguna otra dictadura árabe, donde sobra el oro negro pero abunda el hambre y la pobreza?

La respuesta es No. El organismo creado luego de que los nazis desmantelaran – como nadie lo había hecho hasta entonces – la naturaleza irracional, sádica y asesina de la judeofobia, sanciona más a Israel que a ningún otro país; castiga despiadadamente al único escudo que tienen los judíos en caso de que esa bestia vuelva a mostrar su esencia.

Al país que, dicho sea de paso, es la única democracia en medio oriente; al país donde su población árabe “oprimida y maltratada” (que consta de más de un millón de personas), puede votar, acceder a bancas parlamentarias y tiene las puertas abiertas a sus universidades; a ese país “imperialista” más chico que la provincia de Tucumán y que ha cedido territorios a cambio de promesas de paz; a ese país “agresor”, que de las siete guerras que combatió no empezó ni una; al país que está a la vanguardia del arte y de las ciencias, que es un verdadero ejemplo en el campo de las tecnologías limpias, que en su corta existencia acumuló nueve premios nobel y que, si fuera por él, tendría como único enemigo al desierto.

Refutar todos los males que se le adjudican al estado hebreo y contrastarlos con sus genuinos logros es entrar en el laberinto dialéctico del judeofobo que, hoy en día, se hace llamar  “antisionista”.  Por más que el interlocutor tenga la mejor de las intenciones, el prejuicio arraigado durante siglos es más fuerte que la razón. Por más que nos sobren los argumentos, que la historia esté bien documentada y que tengamos la realidad cara a cara; el odio tapa los oídos, borra la memoria y enceguece. La única forma de combatir esta nueva forma de la judeofobia es revelándola. La única forma de asegurarnos de que este arma letal se empiece a quedar sin balas es preguntando cómo puede ser que el país más odiado, más temido, más acusado y más observado no sea otro que Israel, el judío de los países.        


[1] Véase el artículo “nuestros hijos saqueados por sus órganos”, del diario sueco Aftonbladet.

[2] Salvo contadas excepciones como la del presidente venezolano Hugo Chávez, que en su mensaje navideño del  2005 conjugó los dos grandes mitos judeofóbicos al declarar que “los descendientes de los que crucificaron a Cristo” se adueñaron de las riquezas del mundo.

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4 comentarios

  1. Yo agregaría: al mismo tiempo que denunciando la naturaleza de los aliados, socios o financistas de esos judeófobos, desenmascarando su hipocresía y prohibiendo sus manifestaciones de odio.

    Bienvenido al blog sebinisra91!
    Por tu forma de escribir te auguro un gran éxito al frente de El Rejunte. Ya somos tres editores nuevos, espero que esto solo sea el comienzo. Saludos.

    • Seguro que va a ser solo el comienzo. Cada vez somos más los que entendemos que si mantemos la boca cerrada nos estamos convirtiendo en victimarios de nuestro propio futuro.
      Saludos

  2. Bienvenido al Blog!!!Excelente post, analisis muy acertado.

  3. Muy bueno el posteo, análisis acertado y crítica precisa. Me gusta el remarcado que se le hace a la naturaleza irracional de la judeofobia, y que se subraya que el antisionismo es judeofobia, sin idas ni vueltas.
    Shalom

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