El silencio de los inocentes

 Tomo prestado el título de una película para escribir sobre algo que, aunque muchos lo vean como una película, forma parte de nuestra realidad.

Después de 3 años de investigaciones, el Foro Pew sobre Religión y Vida Pública llegó a la conclusión de que hay 1570 millones de musulmanes dispersos por el mundo (el 60 % reside en Asia, un 20% entre el medio oriente y el norte de África, y los 300 millones restantes en países donde el Islam no es la religión mayoritaria). Este número inmenso habla por sí solo: cualquier generalización sobre los musulmanes es completamente errónea. La mayoría de los musulmanes no se enlistan en las filas de la Jihad Islámica, Hezbollah, El Hamas, Al Qaeda, Abu Sayyaf, Jaish-e-Mohamed, Lashkar-e-Tayyiba, y la lista recién empieza. La mayoría de los musulmanes no tratan de inmolarse con la intención de asesinar a la mayor cantidad de jóvenes posible – como la mujer palestina que trató de hacerse explotar en el Hospital Soroko de Ber Sheva, donde previamente había sido atendida bajo el programa de asistencia humanitaria que Israel le ofrece a los palestinos. No vemos a 1500 millones de personas quemando sinagogas e iglesias, honrando a los mártires, gritando que la Sharia se va imponer sobre las democracias occidentales, odiando más a los “infieles” de lo que aman a sus hijos, diría Golda Meir.

Frente a esta situación, muchos respiran aliviados creyendo que, al fin y al cabo, todo es una cuestión de los extremos. Como hay 1500 millones de musulmanes y solo unos miles materializan los versículos del Corán que hablan de matar a todos los infieles, entonces esos miles son acertadamente denominados “extremistas radicales” o “fundamentalistas islámicos”. Pero cuando el problema radica pura y exclusivamente en que hay extremos, la solución no basta con identificar aquellos que provienen del mundo islámico. También es necesario resaltar que hay extremistas dentro de todas las corrientes ideológicas, dentro de todas las naciones y dentro de todas las religiones. De esta forma, las vidas arrebatas por el terrorismo islámico se convierten en un puente para luchar contra todos los extremos, no contra el único que las convirtió en polvo. Para completar el cuadro, se abren los cajones del pasado y se  reivindica la lucha contra todas las miserias humanas habidas y por haber – fascismo, nacionalismo, racismo, maltrato a la mujer, etc. –, se promueve un clima de mutuo respeto y tolerancia entre las naciones, se recuerda que todos venimos de un mismo dios y se reza por un mundo mejor.

Sin ánimo de interrumpir esta apología a la hermandad cultural/religiosa, los que siempre molestamos con las verdades incómodas levantamos la mano una vez más y hacemos algunas preguntas: de los 1500 millones de musulmanes que hay en el mundo… ¿Cuántos denuncian públicamente a las agrupaciones terroristas que actúan en nombre de su religión? ¿Cuántos condenan a los palestinos, los cachemires y los chechenos que se matan para matar civiles? ¿Cuántos marchan para reformar los axiomas más salvajes del Islam? ¿Cuántos alzan la voz contra los regímenes medievales de Arabia Saudita y Siria, contra los talibanes que recorren las calles de Afganistán asesinando a quien no les mira los pies, contra los ayatolás que secuestraron un país entero y quieren borrar otro del mapa, contra la propaganda islamista que presenta una crítica a la religión de la paz como un acto de “islamofobia”?

Tratemos de imaginar cómo sería la reacción de los cristianos, los judíos, los hindúes o los budistas si, en nombre de alguna de estas religiones, sus respectivos extremos secuestraran cuatro aviones y lograran estrellar dos de ellos contra edificios repletos de gente, ocasionando la muerte de 3000 civiles inocentes. Las voces de los musulmanes que condenaron el atentado a los torres gemelas y que condenan las barbaridades que se cometen en nombre de su religión se escuchan menos que el ruidoso silencio de los que permanecen callados. Un silencio que no forma parte de la agenda política, mediática e intelectual de occidente. Después de todo, los organismos internacionales de derechos humanos, los políticos de palabras bellas, los medios masivos de comunicación (principalmente la CNN y la BBC) y los intelectuales que se hacen pasar por gurúes de la tolerancia; fueron los primeros en acostumbrarse al hecho de que los extremos puedan matar en nombre de Allah mientras la condena masiva de los moderados brilla por su ausencia. Vale la pena dejar en claro que desde nuestros humildes rincones, algunos no nos vamos a acostumbrar tan rápido.

No estoy sugiriendo que el Islam moderado es un mito. Hay muchos ejemplos – en términos relativos son pocos – de intelectuales provenientes del mundo islámico, valientes entre cobardes, que a pesar de las amenazas de muerte y la alta probabilidad de que éstas se cumplan le contaron al mundo occidental de donde vienen. Mujeres como Wafa Sultán y Ayaan Hirsi Ali nos conmovieron con sus historias y nos honraron con su fortaleza. Algunas organizaciones islámicas no gubernamentales (como la “Islamic Supreme Council of America”, por ejemplo) se proclaman en contra de las formas más radicales del Islam y buscan revertir esa imagen generando lazos con su entorno occidental. Si queremos contrarrestar el apoyo de Irán a las agrupaciones terroristas previamente mencionadas, tenemos que respaldar política y financieramente a las organizaciones islámicas genuinamente moderadas. Si queremos que los jóvenes del Yemen escuchen algo más que – tal como les prometen los hombres de Osama Ben Ladeen –  después de volarse en una pizzería va a haber 70 vírgenes esperándolos en el cielo, necesitamos proteger a los intelectuales musulmanes hasta que no sientan la omnipresencia del miedo. Esta es la única forma de liberarnos, por hoy y para siempre, del cáncer islamista que se expande por las venas del mundo.

Ahora bien, mientras ponemos en marcha el tratamiento a largo plazo, no podemos descuidar la pastilla diaria.  Con esto en mente, las preguntas que nos formulábamos antes adquieren mayor relevancia; y si esas nos parecían incómodas, las que surgen ahora pueden ser indigeribles. Porque si de los 1500 millones de musulmanes que hay en el mundo solo unos pocos se enfrentan a los extremos que germina su propia religión… ¿No deberíamos tomar mayores precauciones con el resto? ¿No deberíamos exigirles a todas las agrupaciones islámicas asentadas en occidente que, antes de empezar a funcionar, apoyen abiertamente la lucha contra el terrorismo islámico? ¿No deberíamos exigirle al Partido Musulmán Español (Prune) que, antes de convocar una marcha porque a una joven le prohibieron usar el velo en la escuela pública, marche por las 191 personas asesinadas el 11 de marzo del 2004? ¿No debería alertarnos que en Inglaterra se haya dejado de enseñar el Holocausto por temor a las reacciones del islam radical? ¿Alcanza el derecho a la libertad religiosa para justificar la construcción de un centro cultural islámico a dos cuadras de “ground zero”? ¿Alcanza el derecho a la libertad de expresión para permitir que haya musulmanes en Holanda marchando con estos carteles?

Mientras el silencio de los inocentes siga siendo la norma, el mundo occidental va a tener que responder estas preguntas. Y decir que no a las dos últimas no implica contradecir nuestros principios democráticos. Por el contrario, decir que no es cerrarle las puertas de la democracia a aquellos que utilizan nuestros principios democráticos para destruirla; defendiendo así, por sobre todas las cosas,¡ nuestros principios democráticos! Si cuesta superar la paradoja, tal vez sirva la frase atribuida al partido AKP de Turquía: “la democracia es un autobús donde viajar hasta nuestra nación, es decir, el Estado islámico”.    

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5 comentarios

  1. Es un argumento facil para perseguir musulmanes, exigiendo que se pronuncien en contra de un acto que no tuvieron nada que ver, y de esa manera presumiendo que aquellos que no se pronuncien en contra estan a favor.
    Va contra cualquier principio “Occidental” que tanto defienden acá. Imaginate, si exigimos que los 16 millones de judíos deban disculparse por el actuar de unos pocos en X situación, como si todos se unifican en una sola persona a la hora de asignar responsabilidades.
    De hecho, muchos de esos musulmanes no deben sentir la obligación moral de rechazar abiertamente esos ataques por el simple hecho de ser musulmanes, o acaso vos sentís una unión con todos los judíos del mundo que te despierta la necesidad de condenar cualquier macana que se mande alguno.

    • Te entiendo Ariel. De todas formas creo que sebinistra se refiere a otra cosa, no habla de la “culpa colectiva”. Cuando algún judío extremista perpetra alguna barbaridad (Baruj Goldstein en 1994 por ejemplo), las comunidades judías y la sociedad israelí en general lo condenan públicamente sin relativismos, toman medidas legales al respecto (como prohibir la existencia del partido Kaj) y se averguenzan de ello, no porque se sientan responsables del acto en sí mismo, sino porque fue perpetrado por un judío en nombre de su pueblo. Cuando al Papa “se le escapa” alguna frase que puede sonar homofóbica o un pastor imbécil quiere quemar un Corán en Estados Unidos, enseguida la Iglesia y las organizaciones cristianas en el mundo (incluyendo gobiernos) emiten declaraciones públicas para dejar en claro que no representan a toda la cristiandad y va en contra de los valores de la misma (cierto o no, lo dicen), en otras palabras, se tienen que rectificar enseguida.

      Ahora bien, cuando un grupo de musulmanes extermina miles de civiles inocentes en el peor atentado terrorista de la historia humana, o musulmanes en nombre del Islam perpetran masacres terribles en Afganistán, Irak, Pakistán, Indonesia, Somalia, Israel, Europa o el lugar que sea, todas las semanas, durante una década entera (lo de Baruj Goldstein parece un juego de niños al lado de eso)… pues seamos honestos Ariel… ¿acaso viste tanto repudio e indignación en el mundo islámico?

      Recuerdo que cuando, en plena guerra, sucedió la masacre de Sabra y Shatila (algo que no fue perpetrado por Israel, si bien el ejército tuvo su cuota de responsabilidad por haberlo podido evitar), decenas de miles de israelíes salieron a la calle a pedir la destitución del entonces ministro de defensa Ariel Sharón. No lo hicieron porque les gustara la OLP o necesariamente estuvieran en contra de la guerra en el Líbano, sino porque consideraban intolerable que se hubiera asesinado deliberadamente a civiles desarmados, aún cuando se estuviera en medio de una guerra y aún cuando ni siquiera hubiera sido realizado por israelíes o judíos. ESA es la diferencia principal, en mi opinión, con lo que sucede en el mundo musulmán, donde nunca vi una marcha de esa naturaleza por algún motivo similar.

    • Ariel,
      Jabotito ya te respondió. Igualmente agrego un par de cosas más.
      Hay judíos ladrones, mafiosos, asesinos, y más. Pero ninguno de los que matan o roban o violan o se mandan cualquier “macana” que se te pueda llegar a ocurrir lo hacen motivos por sus creencias religiosas. Y en los casos contados con los dedos donde extremistas judíos hayan asesinado en nombre de su religión (caso Baruj Goldstein), o inclusive en nombre de Israel (caso Igal Amir), fueron fuertemente repudiados por la colectividad judía mundial.
      Por otra parte, poner en la misma linea los “extremos musulmanes” con los “extremos judíos” me parece un acto de profunda ignorancia. No existe una agrupación judía donde jóvenes judíos sean deshumanizados y fanatizados hasta que voluntariamente accedan a explotarse dentro de una pizzería, dentro de un micro o dentro de un shoping con la intención de asesinar a la mayor cantidad de gente posible. Los judíos no queman iglesias o mezquitas, no marchan por las calles del mundo diciendo que la Halajá se va a imponer en todas las democracias occidentales y tampoco les enseñan a sus hijos que los musulmanes son como “monos y cerdos”, para ponerte algunos ejemplos.
      Si la mayoría de los musulmanes que hay en el mundo “no sienten la obligación moral” de rechazar todas estas atrocidades que sí se producen en nombre de su religión, entonces permitime decir que deberíamos tomar mayores precauciones para con ellos.
      Con ésto no estoy sugiriendo que sean cómplices y tampoco utilizo este hecho como una excusa para perseguirlos(lamento que hayas entendido esto). Lo que traté de decir antes y lo vuelvo a decir ahora es que si queremos defender y preservar nuestros valores democráticos, valores completamente ausentes en gran parte del mundo islámico, debemos empezar a exigir respuestas de los musulmanes que desde nuestars democracias, marchan cuando a una joven le prohiben usar el velo en la escuela y callan cuando, en nombre del dios al que le rezan todos los días, otro joven cargado de odio se mata para matar a personas como vos y yo.

  2. El incendio de una mezquita: un ejemplo aleccionador cuando se trata de condenar el extremismo doméstico en el caso de nuestro pueblo. En contraposición, a esto, a mi entender, se refería sebinisra cuando trató el silencio de muchísimos musulmanes cuando se producen atrocidades salvajes en el nombre del Islam.

  3. Jabotito, gracias por traer el ejemplo.
    La condena fue unánime en la sociedad israelí y el ministro de defensa Ehud Barak lo llamó “un acto de terrorismo”, como dice Julián Shcvlinderman en la entrevista por radio Jai. Esto muestra a las claras que debemos sentirnos orgullosos por la conciencia moral que caracterizan al pueblo y al Estado judío, conciencia que repudia el odio a aquel que profece una religión distinta a la nuestra.
    En furibundo contraste, cuando un acto de terrorismo perputuado por algún extremista musulmán arrasa vidas humanas (no hablemos de sinagogas), los musulmanes que no festejan, callan. Y los pocos que no callan son perseguidos por los que festejan.

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