Un poco de historia y actualidad en contra de falacias antisionistas

Entre las acusaciones que buscan quitar legitimidad al Estado de Israel y borrar el vínculo histórico existente entre los judíos y su tierra, Eretz Israel, está la demonización de la empresa sionista, ver a los judíos sionistas como invasores, modernos y malignos colonizadores que llegaron a Palestina y expulsaron al pueblo palestino.
Tantas falacias contenidas en un solo argumento resultan desesperantes e irritantes, y es deber de quien se molesta en conocer la historia contrarrestar el peso de semejante ignorancia.
Al tiempo de comenzar el sionismo como movimiento de liberación nacional del pueblo judío, y llegado ya el año de creación del Estado de Israel en 1948, no existía un pueblo palestino. Palestina no estaba inmensamente habitada, y los que allí residían en desparramadas comunidades no tenían una unión como pueblo ni conciencia nacional. Eran árabes cuyo idioma y cultura no se diferenciaban del de los demás árabes de otros países. No constituían una unidad nacional con un elaborado sistema legal propio, ni desarrolladas instituciones que hicieran a una soberanía sobre el territorio. Nunca había existido un estado palestino, ni se pueden encontrar intenciones de establecerlo antes de que se levantara el Estado Judío.
Incluso el Plan de Partición de Palestina en la Resolución 181 de la ONU de 1947 recomienda dividir el territorio en un estado árabe y un estado judío. La resolución no menciona un estado palestino, puesto que no existía la noción de un pueblo palestino. Es más, la noción Palestina en los mapas del mundo y más específicamente de la región de Medio Oriente, fue introducida gracias a los judíos, que negociaban con los británicos en 1918 para que éstos establecieran una unidad territorial independiente, sobre la cual los sionistas levantarían el tan ansiado Hogar Nacional para el Pueblo Judío.
Ni los árabes de Palestina tenían conciencia de sí mismos como pueblo. Hasta eran considerados por los demás árabes y por muchos entre ellos mismos, como una provincia de Siria. Bien se expresa sobre el particular tema Julián Schvindlerman en su libro “Tierras por paz, tierras por guerra”: “Al contrario de los judíos, que establecieron reinados en el bíblico Eretz Israel, nunca en la historia de la humanidad hubo un estado palestino independiente gobernado por musulmanes en la región hoy comúnmente referida como Palestina… Nunca antes del advenimiento del sionismo hubo un interés árabe, ni siquiera moderado, por Palestina”.
La falta de una autodeterminación de los árabes que residían en Palestina, como salta a simple vista, es histórica y por falta de iniciativa propia o sometimiento de los demás países árabes luego, y no culpa del sionismo que llegó para establecer un Estado Judío en la parte del territorio que le correspondía pidiendo por la convivencia pacífica con los vecinos árabes.
Es recién en 1967, año de la desastrosa derrota de las naciones árabes en la Guerra de los Seis Días desatada contra Israel, que los palestinos comienzan a verse a sí mismos como palestinos, y a tener una noción propia como pueblo. Una prueba que afianza el recién allí creado autoreconocimiento como una entidad con identidad propia palestina, es que en 1964, y no antes, se crea la OLP, la Organización para la Liberación de Palestina. Y encima es nacida en Egipto como un instrumento títere para la consecución de los designios de Nasser, quien era el presidente en El Cairo por aquella época.

Luego de analizar el surgimiento del pueblo palestino en 1967, y no antes, destruimos parte de la argumentación antiisraelí acerca de la expulsión de un pueblo. Ahora es necesario hacer hincapié en el hecho de que el sionismo no es responsable de la expulsión de las comunidades árabes que residían en Palestina. El terrorismo árabe y las campañas bélicas contra objetivos judíos en Israel se hicieron una constante antes y a partir de la creación del Estado Judío. El no reconocimiento de las naciones árabes al derecho de autodeterminación del pueblo judío en un Estado propio, fue materializado en una guerra de exterminio contra Israel en la que participaron Egipto, Siria, Jordania, Líbano, Arabia Saudita e Irak, enviando también Yemen combatientes antiisraelíes. Los propios líderes árabes insistieron a los habitantes árabes de Palestina para que abandonaran sus hogares y no se interpusieran en lo que sería la inexorable marcha a una aplastante victoria que terminaría cumpliendo el objetivo final de “arrojar a todos los judíos al mar”. Son los líderes árabes los que generaron y perpetuaron el problema de los refugiados. Si bien es cierto que habitantes árabes fueron desplazados por fuerzas judías, esto debe entenderse que fue en el marco de una guerra no librada por los judíos, sino por los árabes, con intenciones genocidas, y los acontecimientos se dieron en el fragor de las batallas, decisiones durante combates, y no como política premeditada de los judíos antes de la guerra. Si los judíos no se defendían, no serían desplazados, sino más bien aniquilados en su totalidad.

Se podrá también escuchar por ahí que el sionismo es el quebrantador de la paz en Palestina mientras que el Islam que gobernaba Medio Oriente era muestra de tolerancia y respeto para las minorías existentes. Ni lo uno ni lo otro.
Schvindlerman cita al propio Karl Marx, que no era nada apegado al judaísmo a pesar de su ascendencia judía, quien describe la vida de los judíos bajo dominio de los árabes en Palestina como una vida de perros. El sionismo, por su parte, trajo el innegable progreso del trabajo y la tecnología, y en conjunto con la creación del Estado una sincera propuesta de convivencia pacífica con los vecinos árabes. Israel ofrecía igualdad de derechos para todos sus habitantes. El liderazgo árabe de la época, lo único que ofrecía a los judíos era muerte y destrucción. Basta solo recordar las acciones y discursos del Mufti de Jerusalén Husseini, quien prometía una guerra de exterminio, creyéndose responsable de terminar la tarea que Hitler había comenzado. No es necesario entrar aquí en el detalle de todas las guerras que Israel debió soportar desde su nacimiento; lo que sí no hay que cansarse de resaltar es que Israel es el agredido y no el agresor. Los judíos, claro está, no son los que impusieron los combates, sino la ciega ambición de aniquilación que dominaba la mentalidad árabe.
Un caso de especial injusticia es hacerlo a Israel responsable de la Guerra de los Seis Días, una de las barbaridades que me ha tocado escuchar en ese discurso antiisraelí como sea. Israel bombardeó los aviones de Egipto en su base, es verdad, pero tras rigurosos informes e inconfundibles señales que apuntaban a un ataque egipcio. Y mientras, Jordania y Siria atacaban desde otros frentes. Para comprender mejor el contexto del conflicto y la situación previa que coloreaba el inminente estallido del combate, cabe aquí citar las palabras de un amigo mío: “Y las tropas sobre el Sinaí de Egipto, la retórica asesina de Nasser, la expulsión de las tropas de la ONU, las bases sirias atacando en el Golán, etc. ¿Qué sería eso, gestos de paz?”

Y lo último que veremos aquí, es el tema “central”, para muchos, de los asentamientos israelíes en los territorios en disputa. Esto está tan mal enfocado, con un antijudaísmo galopante, que opiniones de las más desagradables y desacertadas se aprecian en círculos de los cuales uno podría esperar un razonamiento un poco más elaborado, mas que la judeofobia obstaculiza impidiendo pensamientos de mayor elaboración. Incluso muchos judíos e israelíes han caído bajo paradigmas engañosos de la opinión islámica y europea, y se muestran en contra de la construcción de asentamientos con justificativos que demuestran incomprensión del real alcance del asunto.
Con el freno a la construcción de asentamientos no se detendrá el terrorismo. Terrorismo había antes de que existiese un solo asentamiento, y continuara por más que se congelen. Ahora bien, ante ese sucio argumento de que “Israel sufre terrorismo porque construye asentamientos, invadiendo territorios, y si frenara y desmantelara los mismos se acabaría el conflicto” que ya ha sido descalificado fácilmente al demostrar que incluso antes de construcciones los árabes ya atacaban, cabe preguntarse: ¿Qué clase de moral retorcida puede equiparar asentamientos con terrorismo? ¿Qué especie de cinismo, con tintes altamente judeofóbicos, puede poner en la misma balanza el terrorismo palestino demoledor y destructor, con la construcción de asentamientos que se encuentran como mucho entre un 3% y 5% de territorios en disputa? Y hay judíos que han caído dentro de este razonamiento malvado y rechazan a los asentamientos por creerlos un justificativo del terrorismo palestino. Vemos hasta qué punto una moral altruista asume un durísimo sufrimiento, en detrimento de intereses propios o de su propio país, justificando accionares violentos e incongruentes de la parte de enfrente. Este síndrome es sufrido por parte de la izquierda israelí actual. De aquí que tiene que quedar bien en claro que Israel no tiene por qué soportar terrorismo, y debe ejercer su derecho a la autodefensa contra los enemigos que lo acechan. El mensaje es claro: no hay terrorismo para desmantelar asentamientos, hay terrorismo para hacer desaparecer al Estado Judío. No hay que minimizar las intenciones terroristas ni el alcance del problema.
El estado palestino se creará algún día, pero esto no quiere decir que los asentamientos israelíes deban desaparecer. Por el contrario, Israel debe pelear por mantener el control de los mismos y en un futuro acuerdo seguir con la soberanía sobre ellos. Desmantelar asentamientos a causa de un pedido palestino por medio del terror, es darles un premio a los enemigos de Israel, alentándolos a seguir con la violencia, porque se demuestra que por esos medios pueden conseguir sus objetivos. Israel no debe dar la imagen de la debilidad realizando concesiones cuando se lo agrede violentamente. La política de asentamientos no debe frenarse por chantajes terroristas. Esta postura es defendida por seguidores de Jabotinsky, el pensador sionista que mejor entendió el problema con los árabes antes de la creación del Estado de Israel. En La Muralla de Hierro, texto publicado en 1923, Jabotinsky escribió: “Mientras exista una mínima esperanza de que puedan expulsarnos, no negociarán esas esperanzas…”. Israel sabe que no debe darles a sus enemigos esperanzas de que puedan exterminarlo, por lo tanto no sería sensato ceder y traducir en concesiones por presiones terroristas dichos anhelos de limpieza étnica de los terroristas.
Los que piden el desmantelamiento de los asentamientos y el traslado de su gente, ¿sugieren que el estado palestino debería ser judenrein? ¿Qué opinarían al respecto si por el contrario, cuando el estado palestino fuese creado, las autoridades israelíes decidieran deportar a todos los árabes israelíes fuera de Israel? Seguramente con la velocidad de la luz se levantarían de sus sillas para gritar al unísono “¡racistas!”. Y además, de paso, lo llamarían racista a Lieberman cuando su plan de intercambio de territorios justamente propone que los asentamientos judíos en Judea y Samaria queden bajo soberanía israelí, y los pobladores de Wadi Ara bajo soberanía de la Autoridad Palestina. Si lo llaman racista, entonces que no sea por este plan.
Cuando estos fuertes críticos sean superados en el tema asentamientos con respecto al racismo, discutirán por la ilegalidad. “Los asentamientos son ilegales”, exclamarán con la furia de una tormenta. Vale preguntarles en este momento, bajo qué ley son ilegales. La IV Convención de Ginebra, que es el documento al que se alude, se refiere a territorios total o parcialmente ocupados de otro estado. En Palestina no había otro estado. Estuvo el Mandato Británico antes de 1948, y las ocupaciones ilegales de Jordania y Egipto previas a la Guerra de los Seis Días. Israel se apoderó de los territorios en una guerra de autodefensa; territorios que no pertenecían a otro estado. Así que la Convención es inaplicable en este tema. Y por si llegaran a recurrir a los Acuerdos de Oslo para intentar descalificar a los asentamientos, solo hay que contestar que los Acuerdos no contenían ninguna previsión sobre los asentamientos, y que éstos serían tratados en el Status Final, por lo que según la letra de los mismos no se consideraban ilegales y la soberanía israelí sobre los asentamientos se mantenía. De yapa se puede agregar que las negociaciones de paz se derrumbaron con la negativa de Arafat a la propuesta de Barak en Camp David en el año 2000 y el lanzamiento de la violenta Intifada palestina contra Israel. Los mismos palestinos no respetaron y quebraron Oslo.
A esta gente contraria a los asentamientos solo le faltaría plantear que Israel debe salir de Judea y Samaria así nomás y abandonar a sus ciudadanos asentadores para que los maten porque piensan distinto a ellos, dejarlos a merced del terrorismo, y más aún, premiar al terrorismo por su violencia para la consecución de objetivos políticos cediendo ante su presión y realizando concesiones. Desde la legalidad y la moralidad, la postura no puede sostenerse.

El antijudaísmo preponderante en las políticas e imperante en los discursos de los enemigos antiisraelíes o en los críticos injustificados, y que lamentablemente ha absorbido a algunos propios judíos, no debe distorsionar la imagen verdadera que tiene el Estado de Israel, que goza del status de un país legítimo, y sus posturas a la hora de defender su obrar político son las más acertadas, respecto de aquellas opiniones malintencionadas que solo buscan menoscabar sus auténticos derechos. Atención contra las falacias antisionistas que buscan dar vuelta la historia.
El sionismo no es responsable de las guerras ni promotor de un racismo invasor y despiadado; Israel no es el agresor en esta contienda. Sus enemigos sí lo son.

Ezequiel Eiben

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