Sobre el nuevo antisemitismo y el nuevo despertar del mundo árabe

Antes que nada, disculpen mis colegas y los analistas pesimistas, pero en esta ocasión debo discrepar con los escépticos (que lo son con justa razón, vale la pena aclarar). Ya que, en lo personal, considero que las actuales revueltas árabes que sorprendieron al mundo, pueden ser más beneficiosas para la democracia, la pacificación y la estabilidad de la región, amén de perjudiciales para el odio antiisraelí, de lo que muchos piensan. ¿Por qué? Por el simple hecho de que la guerra y el enemigo externo (“el judío” siempre culpable de todo) ya no constituye una excusa tan válida que puede utilizar el tirano de turno a la hora de distraer a su pueblo de los males internos, para seguir subyugándolo y empobreciéndolo. También están llegando a su fin los argumentos, clichés y el ethos mitológico del neoantisemitismo nazibolchevique, con sus judenrat colaboracionistas y aliados islamofascistas, que señalaban con el dedo acusador a Israel como el responsable principal de esa región tan volátil y violenta. Como dijeron en un post anterior: cambió el foco. Sí, cambio el foco y, gracias a estas revueltas, ya no es políticamente incorrecto llamar a los dictadores por su nombre. Ya no es políticamente incorrecto hablar de los verdaderos enemigos de las naciones árabes: la falta de paz, pan, trabajo y libertad. En definitiva, ya no es políticamente incorrecto decir la verdad.

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En un excelente artículo de Daniel Pipes acerca de los judíos antisionistas y detractores de Israel, se aclara de manera bastante obvia que, al igual que un judío no tiene mayor legitimidad que el resto de los mortales cuando defiende a Israel, tampoco debería tener mayor legitimidad quien lo ataca, puesto que los judíos no son mas que seguidores de una fe, no de un movimiento político. Yo quisiera agregar, con perdón al brillante Daniel, que esa definición se queda demasiado corta y conceptualmente es errónea. Puede que el Judaísmo sea una fe, cultura, sistema de valores, tradición o simplemente una religión. Pero los judíos (étnicamente hablando) son un pueblo… y en todos los pueblos hay garcas, autoodiadores y traidores. La supuesta identidad judía de un propagandista antiisraelí es irrelevante. Si un tipo dice mentiras o acusaciones discriminatorias, vamos a discutir lo que dice, no su color, cultura, nacionalidad, religión, origen, orientación sexual o identidad étnica. Eso no le debería otorgar o restar ningún tipo de legitimidad adicional.

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Hay que destacar que, para evitar caer en el simplismo metodológico, un antisemita no es únicamente aquel enfermo que desearía acribillar a cualquier hebreo saliendo de una sinagoga en Brooklyn. Por el contrario, para el antisemita (tal vez con la excepción del nazismo) siempre existió una clase de judío aceptable… el que se convertía, el que abandonaba su cultura, el que se iba, el que aceptaba ser marginado, el sumiso que no se defendía, el que renunciaba a su ciudadanía, etc. La única diferencia del reciente antisemitismo “antisionista” con otros tipos de antisemitismo del pasado (ya sea el religioso, helenista, racial, nacionalista o cualquier otro) es que el tipo de judío aceptable pasa por aquel que renuncia a sus derechos nacionales y su autodeterminación como pueblo (básicamente el que niega el derecho del Estado judío a existir). Y cuando hablo de la judeofobia de tipo antisionista, también incluyo al que, bajo la excusa de una supuesta “crítica honesta”, mira con lupa, exagerada y desproporcionadamente, los errores de Israel (reales o inventados), pero relativiza o ignora deliberadamente las barbaridades de sus enemigos u otros actores sin relación con el conflicto (es precisamente lo que solemos denominar DEMONIZACIÓN o doble vara). En otras palabras, de los 192 países del mundo, solamente el judío debe tener una supuesta pureza moral (léase “dejarse matar”), como si tuviera de vecino a Suiza o Dinamarca, para ser “aprobado” por esa intelectualidad “progresista” que considera que el principal problema de Oriente Próximo pasa por una democracia más pequeña que la provincia de Tucumán. Eso constituye las cuatro cosas juntas: discriminación, racismo (humanitario), autismo y antisemitismo.

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En algunos casos, los mitos antisemitas de antaño, que tenían como blanco al judío de los individuos, se trasladan directamente al judío de los países: “Israel es el culpable de todos los males del mundo árabe”, “Israel extrae órganos de los haitianos”, “Israel asesina niños palestinos”, “Israel es sanguinario”, “el sionismo es una ideología pérfida y malvada”, “los sionistas no aceptan a su Mesías, Rey de la Humanidad, Salvador e Hijo de Dios (Karl Marx, of course… su dogma siempre tuvo razón, no?), además de los “pequeños mitos” ridículos que perduran aún después de comprobarse su falsedad, llámese “al-Dura”, “masacre de Jenin”, “comercialización de órganos – versión sueca”, “Goldstone” o “los protocolos de los sabios de Sión”. En realidad no importa cuál sea la acusación de turno y qué tan verosímil resulta para la opinión pública, porque todo finalmente deriva en la conclusión criminal, aunque solapada, de que Israel es tan pero tan malo, que no tiene derecho a existir, mucho menos tiene derecho a defender a sus ciudadanos. Independientemente de que al judeófobo se le demuestre empíricamente que todas sus creencias contra Israel son un fraude, siempre encontrará un “pecado original” del judío de las naciones para negarle cualquier tipo de razón o causa justa, llámese “ocupación”, “nakba” o lo que sea. Recordemos que la judeofobia, en su ramificación “antisionista”, no es simplemente “un tipo más” de discriminación antisemita existente en la actualidad. Es EL PRINCIPAL tipo de discriminación antisemita practicada en el mundo contemporáneo, pues se trata de un discurso relativamente nuevo, aparentemente más “legitimado” y potable argumentalmente (promover el antisemitismo, bajo la acusación del deicidio o que los judíos envenenan los pozos, pasó de moda hace rato). No por casualidad ese mismo discurso es copiado incluso por sectores ideológicos dispares que, si bien no lo inventaron, se lo apropiaron de cabo a rabo (el caso de muchos militantes Tacuara-Montoneros o Biondini, por poner ejemplos de quienes afirman ser “solamente antisionistas”).

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Por otra parte, a pesar de que los judíos antisionistas son los menos, resulta que ser judío y tirar mierda contra Israel es una fuente segura de prestigio, fama, dinero fácil y salida laboral, especialmente en Europa y ciertos medios masivos de comunicación. Pero lo cierto es que son una minoría bastante reducida entre los judíos, tanto en Israel como en la diáspora. Que ciertos medios repitan permanentemente los apellidos “Brieguer”, “Verbitsky” o “Ilan Pappé”, no significa que ellos sean los únicos intelectuales judíos ni que representen, reciban la simpatía o aceptación de la inmensa mayoría de las comunidades judías.

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De hecho, cuantitativa y proporcionalmente, estimo que deben haber muchos más musulmanes que desearían poder expresar respeto u opiniones favorables hacia Israel que judíos antisionistas. Pero no pueden hacerlo porque eso significaría la marginación social en el mejor de los casos o una sentencia de muerte segura para ellos y sus familias en el peor. Afortunadamente cada vez hay más ciudadanos en esos países que piensan que la fuente de sus desgracias no recae en nadie mas que sus propios gobernantes vitalicios y, muy por el contrario a lo que creían o les decían desde pequeños, Israel no es el problema, sino parte de la solución y, en muchos aspectos, un digno ejemplo a imitar.

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Deseo que, producto de esta revueltas, no prospere un incremento del fundamentalismo islámico, que se alimenta sádica y cínicamente del atraso y la miseria para llevar más muerte y destrucción a todo el mundo, sino que de esas revueltas nazca una generación de líderes jóvenes, democráticos, astutos, con buenas intenciones, deseosos de traer libertad y prosperidad a sus pueblos, para que los árabes vuelvan a ser la gran nación ilustrada que nunca debió dejar de ser. Porque con esa generación podrá haber una paz segura, real y permanente, que trascienda al régimen de turno. Espero que esa nueva generación tome conciencia, no solamente de que son ellos mismos los responsables de construir su propio futuro, sino también de que pueden aprender del progreso que representa Israel, en vez de querer destruirlo. Después de todo, Israel es un modelo, un instrumento para ayudar a sacar al pueblo árabe de la edad oscura. La esperanza es lo último que se pierde.

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“En la Tierra de Israel, quien no cree en milagros, no es realista” (David Ben Gurión)

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4 comentarios

  1. Excelente! Los judeofobos siempre tienen un amigo judio…Y da la “CASUALIDAD” que siempre son judios en contra de judios!!! Ej: Faurisson y Chomsky. Locales: Sheikh Mohsen Ali y Pedro Brieguer. Jaja

    • Y da la casualidad que todos son amigos y se citan permanentemente entre ellos… Chavez admira a Saramago, Khadaffi y al “humanitario” Assad; Saramago idolatra a Stalin; Brieguer, Oliver Stone, Esteche y Perdía (el montonero de la OLP) admiran a Castro y Chavez, quien cita a Chomsky; Chomsky y Biondini defienden a Faurisson; Faurisson y Oliver Stone defienden a Hitler (relativizándolo o “poniéndolo en perspectiva“, vamos! que tan malo no era el führer después de todo, nos sacó de la crisis económica). Así se forma la cadena del fascio-comu-islamismo. Son siempre los mismos. Dios los cría y ellos se juntan.

      Como dije en otra oportunidad: no te quejes del mal olor si comes mierda.

      El Mal existe. Puede que hable en nombre de una ideología particular o que tenga distinto collar, pero es el mismo perro rabioso de siempre. Su enemigo, a largo plazo, es la civilización humana (primero se meten con los judíos).

  2. Coincido con vos todo, excepto en que el antisionismo es una manifestación de judeofobia. Efectivamente están estrechamente vinculados, pero considero que el antisionismo es un crimen de odio autónomo por derecho propio, solo que al contrario de la judeofobia es políticamente correcta.

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