Islamismo y Nazismo: dos caras de una misma moneda

Como hemos dicho en más de una ocasión, el siglo XX engendró tres regímenes totalitarios: el Comunismo, el Nazismo y el Islamismo. Los tres tienen libros sagrados, verdades irrefutables y líderes mesiánicos. Los tres tienen una visión simplista de la historia — para los comunistas es una lucha de clases, para los nazis una lucha de razas y para los islamistas una lucha de religiones – y pregonan que ésta llegará a su fin, en el sentido hegeliano del término, cuando la clase superior, raza superior o religión superior que el régimen “representa” se imponga sobre el resto. Y los tres fueron (si hablamos del Comunismo y el Nazismo) o son (si hablamos del Islamismo) incansablemente imperialistas: no alcanza con que el conjunto de la sociedad rusa, alemana o iraní tenga que digerir las bases doctrinarias de los respectivos regímenes; sus aspiraciones totalitarias no tenían/tienen fronteras.

Ahora bien, a pesar de que los tres regímenes totalitarios comparten estas y otras similitudes, existe una diferencia trascendental entre, por un lado, el Comunismo y, por el otro, el Nazismo y el Islamismo: uno puede llegar a abrazar la causa comunista mediante la lectura de los libros que construyeron la ideología, pero para ser un nazi o un islamista se requiere de algo más.

Si uno se quedó en el siglo XIX, no entiende qué le da valor económico a las cosas y le gustan las soluciones simplistas para resolver problemas complejos — como abolir la propiedad privada para eliminar la pobreza –, entonces es entendible que quiera ser parte del movimiento político que Marx y Engels presentaron en el bello y seductor Manifiesto Comunista. En este punto, la carrera del militante comunista se divide en dos. Algunos  –- como Eric Hobsbaw — hacen una distinción entre el Comunismo que se vio en la tierra y el que quedó atrapado en los libros. Y otros – como Jean-Paul Sartre o José Saramago – defendieron a Stalin hasta el último día de sus vidas. Pero la adhesión a la ideología y/o a los regímenes que dicen encarnarla  se origina en la valoración positiva que el militante comunista tiene sobre la misma luego de haber leído o escuchado algo al respecto.

Muy distinto es el caso de los nazis. Ningún nazi cremó a un bebe judío porque leyó el Main Kampf de Hitler o porque creyó que la sangre judía estaba contaminando a la “raza aria”; sino que utilizaba el Main Kampf (si es que lo había leído) o los “argumentos” raciales que ahí se esgrimían para tratar de justificar sus impulsos judeofóbicos. Los hombres de la SS no llevaban Los fundamentos del Siglo XIX, del racista Houston Chamberlain, bajo el brazo; más bien, eran una gran familia de sádicos y resentidos que, en esa conjunción insospechada de causas incontables, tuvieron la oportunidad de materializar un hambre de muerte que nunca se vio en la historia; y la aprovecharon…

La motivación que se encuentra detrás del accionar islamista suscita más controversias. Algunos intelectuales – como Waffa Sultán – creen que el problema es el Islam. En FORA TV, se la escucha decir lo siguiente: “Yo los conozco [a los verdaderos musulmanes], yo estuve muy involucrada con mi comunidad musulmana durante mis primeros diez años en los Estados Unidos, yo los escuché decir un millón de veces que ellos están acá para reemplazar la constitución americana por la Sharia (ley islámica). Y créanme, el concepto que ellos tienen del tiempo es muy distinto del suyo; están muy bien entrenados para ser pacientes…”. Otros intelectuales – como Daniel Pipes – sugieren que el problema es el Islam radical y la solución el Islam moderado o, en sus palabras, “los musulmanes pueden y deben jugar un rol importante a la hora de enfrentar a nuestro enemigo, el Islam radical”. Para fundamentar su postura, Pipes señala que “el Corán se puede leer de muchas formas. Es como un supermercado: cada uno se lleva de ahí lo que quiere”.

SI hubiera más intelectuales, académicos y periodistas dispuestos a combatir al Islamismo — en lugar de mirar hacia el costado, masturbarse con los discursos políticamente correctos y juzgar de “islamofóbicos” a todo aquel que con más de un motivo critica la religión de Mahoma –, esta discusión convocaría a más voces y, eventualmente, se solidificarían algunos argumentos en detrimento de otros. Mientras tanto, lo que tenemos son opiniones  y lo que debemos es formar la nuestra sin temor a ser estigmatizados por nadie.

Personalmente,  me inclino por la postura de Daniel Pipes. Fundamentarla con profundidad me desviaría de los objetivos del presente artículo, pero vale la pena recordar que el Islamismo o el Islam radical es un fenómeno que nace en el siglo XX y al que no adhieren la mayoría de los musulmanes. En mi opinión, no estamos enfrentando a una religión intrínsecamente violenta. Estamos enfrentando a un movimiento político que se apropia de una religión controversial y la moldea a su antojo para tratar de justificar su naturaleza imperialista y destructiva.

Veámoslo con dos ejemplos. “¿Cómo puede el sabor de la muerte ser más dulce que la miel?”, pregunta a una muchedumbre expectante Hassan Nasrallah, la cabeza del grupo terrorista Hezbollah. “Solo a través de la convicción, la ideología, la fe y la devoción”. Y después sigue: “todos nosotros vivimos nuestros días y noches deseando ser asesinados en nombre de Allah… Y el asesinato más honorable de todos es el martirio. Y el martirio más glorioso de todos se produce cuando está perpetuado por los enemigos de Allah, por los asesinos de los profetas, por los judíos”.

Yusuf al-Qaradawi, uno de los líderes intelectuales más prominentes de la Hermandad Musulmana (tiene un programa de televisión que es visto por 40 millones de personas), prefiere invertir los roles: “durante la historia, Allah le impuso a los judíos personas que los castigaron por su corrupción. El último castigo fue hecho por Hitler… El se las arregló para ponerlos en su lugar…”. Al finalizar su discurso, al-Qarawi pide un deseo para el último día de sus vidas. ¿Ver a todo el mundo convertido en un califato? ¿Que la gente se aprenda el Corán de memoria y rece 5 veces por día mirando hacia la meca? ¿Que haya paz entre las naciones islámicas? No, estas son sus palabras: “la única cosa que deseo es que, mientras mi vida se acerque al final, Alllah me dé la oportunidad de ir a la tierra de la Jihad y resistir, aunque sea en una silla de ruedas. Le dispararé en la cabeza a los judíos, los enemigos de Allah”.

Ahora sí, ya podemos volver a eso que se requiere para ser un nazi o un islamista. Digámoslo de una vez: la columna vertebral de estas dos ideologías, así como la fuerza que mantuvo o mantiene a sus ejércitos de fieles en un grito de guerra perpetuo, no es más que el odio a la vida, a la libertad y a todos los valores humanos que nutren a las sociedades democráticas. El Islamismo y el Nazismo son las dos caras de una moneda compuesta de un solo elemento: odio. En el pasado, este odio se vertió contra los judíos; hoy en día, es más fácil y más productivo encauzarlo contra Israel, el judío de los países.

No es que, como susurran por lo bajo los pobres pacifistas europeos, los islamistas odian a occidente por culpa de Israel. Por el contrario, odian a Israel porque a pesar de ser un país más chico que El Salvador, poseer una geografía predominantemente desértica y estar rodeada de dictaduras que desean borrarla del mapa, encarna todos los valores y principios occidentales, principios que enaltecen a la civilización occidental por sobre los regímenes totalitarios que estuvieron o están abocados a destruirla. Estos son: libertad de expresión, de culto, de comercio, de orientación sexual, de elección… Libertad de poder pararse en el medio de una plaza y despotricar contra el gobierno de turno sin temor a que te repriman como en Siria, te encierren y torturen como en Irán o te maten como en Gaza.

Por este motivo, defender a Israel y su derecho a existir como un Estado judío no debe constituir la causa de los sionistas, sino de todas las personas que valoran el mundo democrático y libre en el que viven.  Si dichas personas entendieran esto y actuaran en consecuencia, la victoria de occidente contra el Islamismo estaría garantizada. Inversamente, si Israel fuera abatido por las fuerzas del Islam radical, se cumplirán las palabras que dijo Mahmoud Ahmadinejad después de asumir la presidencia iraní: “no tengan dudas, el Islam conquistará todas las montañas del mundo”.

Pero, diga lo que diga el presidente iraní¡ y a pesar de que algunos idiotas útiles estén dispuesto a entregar su libertad, Israel va a seguir ahí, con los ojos bien abiertos, protegiéndose de todos los Nasrallahs y de todos los al-Qararawis y de todos los ayatollahs habidos por haber.. Como dijo el primer ministro israelí, “cuando el pueblo judío dice nunca más, lo decimos en serio”.

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2 comentarios

  1. excelente artículo, clarísimo para entender a los totalitarismos del s XX y a lo que sigue en pie en el s XXI. Tengo que disentir en algunas cosas, como la del islam como religión, que para mí es intrinsecamente mala y violenta, y es una religión de guerra santa (la paz que profesa es la paz a favor de los islámicos cuando los dhimmis hayan sido derrotados, se hayan convertidos, o se les imponga la Sharia en un califato (para los sunnitas) o velayat al faqih (para los chíitas) mundial. Pero son cosas muy puntuales que no modifican mis demás puntos en común con el autor. Por supuesto, esto no quiere decir que la mayoría de los musulmanes son fanáticos, sino que al islam hay que moderarlo, suavizarlo y reinterpretarlo de una manera moderna, quedándose con lo mejor, para que sea posible un contacto. al islamismo como movimiento político, solo resta combatirlo.
    Felicitaciones sebinisra91 por la exposición de calidad y por las fuentes que la sustentan.
    Saludos y shabat shalom

    • Gracias eze.
      La verdadera naturaleza del Islam es El debate, y merece mas atención.
      Tal vez cuando lea a Robert Spencer cambie de opinion.
      Pero como vos decis, al margen de este debate, al islamismo como movimiento politico hay que combatirlo, y combatirlo en serio.
      Saludos!

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