La única política de Obama en el medio oriente

A continuación el último articulo de Caroline Glick traducido por mi. 

El primer ministro Biyamin Netanyahu explicó reiteradamente durante los últimos años que Israel no tiene un socio palestino para negociar. Así que el hecho de que Netanyahu haya aceptado los límites armisticios de 1949 (falsamente denominados “las fronteras de 1967”) como referencia para las futuras negociaciones con la Autoridad Palestina –- hecho que salió en las noticas de esta semana –, parece venir de la nada.

Israel no tiene con quien negociar porque los palestinos no reconocen su derecho a existir. Esto quedó puesto una vez más en evidencia el mes pasado cuando el “negociador” palestino Nabil Sha’ath dijo en una entrevista a la Arabic News Broadcast que “la historia de “dos Estados para dos pueblos” significa que va a haber judíos ahí y palestinos acá. Nunca vamos a aceptar eso”.

Dada la posición palestina resulta clarísimo que Netanyahu tiene razón. No existe ninguna chance de que Israel y la AP alcancen un acuerdo de paz en el futuro inmediato. Esto, sumado al hecho de que Hamas controla Gaza y probablemente gane una nueva elección de la misma forma en que ganó las últimas, demuestra a las claras que el ejercicio de encontrar la fórmula correcta para restaurar las negociaciones es una completa farsa.

Entonces, ¿Por qué Israel está involucrada en estas discusiones?

La única respuesta lógica es que lo hace para ganarse el favor del presidente Barak Obama.

Durante los últimos meses, la mayoría de los observadores operaban bajo la presunción de que, cuando llegue Septiembre, Obama iba a usar el veto de los Estados Unidos para bloquear la declaración unilateral de un Estado Palestino. Pero el hecho concreto es que ningún funcionario de los Estados Unidos ha dicho explícitamente que su país iba a vetar dicha resolución en el Consejo de Seguridad.

Dado el apoyo hacia Israel por parte del congreso y de los ciudadanos de Estados Unidos, lo más probable es que, cuando llegue el día, Obama decida vetar esta resolución. Pero como no ha dicho esto hasta ahora, resulta evidente que él espera que Israel se “gane” el veto de los Estados Unidos accediendo a sus demandas.

Estas demandas incluyen que Israel abandone su derecho a tener fronteras defendibles bajo cualquier acuerdo de paz con los palestinos. Como tener fronteras defendibles requiere que Israel controle el Valle del Jordán y las colinas de Samaria, no hay forma de aceptar los límites armisticios de 1949 como la base para unas futuras negociaciones sin renunciar a tener fronteras defendibles.

Uno puedo decir lo que quiera sobre la política de Obama, pero es una política. Obama utiliza el poder de Estados Unidos para forzar a Israel a rendirse a su voluntad.

Lo que resulta llamativo de la política de Obama no es que implica darle la espalda al aliado más fuerte de Estados Unidos en la región. Después de todo, Obama se convirtió en un especialista en perder aliados.

La política de Obama con respecto a Israel es notable porque es una política. Obama tiene el objetivo claro y consistente de reducir a Israel en tamaño. Desde asumir como presidente, Obama realizó pasos significativos para materializar este objetivo. Y estos pasos han dado resultado. Obama forzó a Netanyahu a que la creación de un Estado Palestino sea un objetivo político israelí. Lo coaccionó a renunciar temporalmente a los derechos de propiedad de los judíos en Jerusalem, Judea y Samaria. Y ahora lo está obligando a pretender que Israel puede aceptar los límites armisticios de 1949 en una negociación con los palestinos.

Obama no adoptó otra política clara y consistente en ninguna otra nación de la región. En Egipto, Siria, Iran, Turquía y Libia, entre otros países, Obama optó por tener “una actitud” en vez de una política. Se pronunció, se vanaglorió  y protestó sobre cualquier tema.

Pero no hizo política. Y en consecuencia, para mejor o para peor, actuó para que Estados Unidos pasara de ser un líder regional a ser un seguidor, mientras fortaleció actores cuyos objetivos no están alineados con los intereses de su país.

El caso de Siria merece nuestra atención. El presidente Bashar Assad es la mascota del régimen de los Ayatollahs y un patrocinador del terrorismo. En la década desde que sucedió a su padre, Assad Jr. entrenó terroristas que mataron tropas estadounidenses en Irak; proveyó refugio a terroristas de Al-Qaeda; fortaleció la alianza entre Siria y Hezbollah; recibió con los brazos abiertos al Hamas, a la Jihad Islámica y a otros grupos terroristas palestinos; proliferó armamento nuclear y ordenó el asesinato del ex primer ministro libio Rafik Hariri.

Desde marzo, Assad empezó una guerra contra los sirios. Para el fin de esta semana, con su invasión a Hama, las víctimas civiles van a ser más de 2000.

¿Y como respondió Obama? Varió sus tonos de protesta contra el régimen sirio desde un “esto es inaceptable” hasta un “esto es escandaloso”.  En vez de construir una política para derrocar a este asesino y enemigo de los Estados Unidos, la administración Obama construyó excusas para no hacer nada. Los funcionarios de la administración, incluyendo Robert Ford, el embajador de Obama en Damasco, aseveraron que Estados Unidos tiene poca influencia sobre Assad.

Pero esto es ridículo. Muchos en el congreso están demandando que Obama retire a Ford de Damasco. Algunos están pidiendo sanciones contra el sector energético sirio. Estos pasos pueden o no ser efectivos. Apoyar abiertamente, financiar y armar a los rivales políticos de Assad sí sería efectivo con certeza.

Muchos claman que el grupo más poderoso oponiéndose a Assad es la Hermandad Musulmana. Y probablemente haya algo de verdad en esta afirmación. Como mínimo, la fortaleza de la Hermandad Musulmana aumentó considerablemente en los últimos meses gracias a Turquía. Por otra parte, algunos también aplaudieron que Turquía haya llenado el vacío de liderazgo que dejó la administración Obama. Argumentan que se puede confiar en que el primer ministro Turco Recip Erdogan va a actuar para que Siria no llegue a un estado de guerra civil.

Lo que estos observadores no reconocen es que los intereses de Erdogan en una Siria post-Assad tienen poco que ver con los intereses de Estados Unidos. Erdogan va querer continuar con la desarticulación de la minoría Kurda, y va a trabajar para islamificar Siria a través de la Hermandad Musulmana.

Hoy la oposición siria está conformada por una coalición de distintos grupos étnicos. Sus representantes han estado tocando la puerta en Washington y en otros lugares. Aún así, los mismos líderes occidentales que estuvieron dispuestos a reconocer la oposición Libia, a pesar de que en ella había terroristas de Al-Qaeda, se rehúsan a apoyar públicamente a los opositores del régimen sirio que quieren una Siria federal y democrática.

Esta semana, la secretaria de Estado Hillary Clinton tuvo un encuentro privado con estos valientes demócratas. ¿Por qué el encuentro no fue público? ¿Por qué Obama no los invitó a la Casa Blanca?

Negándose a apoyar a los opositores liberales y multi-étnicos, la administración Obama está promoviendo que Turquía tenga éxito para instalar a la Hermandad Musulmana en el poder si Assad es derribado.

Pero apoyar a la oposición implica tomar partida y, de esta forma, adoptar una política. Y esto es algo que el presidente no va a hacer. Obama es mucho más feliz pretendiendo que las declaraciones vacías del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas son victorias de Estados Unidos. Si aspira a algo más bajo va golpearse la cabeza con el suelo.

La preferencia de Obama de adoptar posturas en lugar de políticas no es nada nuevo. Fue su procedimiento estándar a lo largo y ancho de la región. Cuando el pueblo iraní se rebeló contra los mullahs en la Revolución Verde, Obama se mantuvo al margen. Como es su hábito, actuó como si el trabajo del presidente de los Estado Unidos consistiera en opinar en vez de dirigir. Susurró que no era bueno que el régimen reprima a los protestantes que querían democracia.

Y desde ese entonces, Obama también se mantuvo al margen cuando los mullahs absorbieron El Líbano, construyeron bases operacionales en América Latina, se acercaron a la línea final en su carrera nuclear y consolidaron su poder en Irak y Afghanistan.

El miércoles, empezó el juicio al ex aliado y ex presidente egipcio Hosni Mubarak, y a sus hijos. Durante la revuelta popular del invierno pasado en Egipto, los enemigos de Obama lo atacaron por rehusarse a abandonar a Mubarak inmediatamente.

Los motivos por los cuales Estados Unidos seguía apoyando a Mubarak eran obvios: Mubarak fue el eje de la alianza entre Estados Unidos y el mundo árabe sunita durante las últimas tres décadas. Mantuvo la paz con Israel. Y su posible sucesor era la Hermandad Musulmana.

Pero Obama no respondió a sus críticos defendiendo una política coherente, sino que se rehusó a darle la espalda a Mubarak en una actitud de fría indiferencia. Solo cuando notó que estaba resultando políticamente costoso seguir por la senda de la indiferencia, reemplazó esta actitud con un renovado sentido de justicia. Así, abandonó el apoyo de Estados Unidos a Mubarak sin siquiera pensar en las consecuencias de sus acciones. Y ahora no son solo Mubarak y sus hijos los que están siendo humillados en una celda, sino la alianza con Estados Unidos que dejaron en su legado.

Reconociendo que Obama se rehúsa a adoptar o implementar una política por sí mismo, el congreso trató de llenar este vacío. El Comité de Asuntos Exteriores aprobó recientemente un presupuesto que va a congelar la ayuda de Estados Unidos a Egipto, El Líbano, Yemen y la AP en caso de que una agrupación terrorista acceda a las arcas gubernamentales en cualquiera de estas áreas. Rápidamente, Clinton insistió en que esto es inaceptable.

Y su reacción tiene sentido. Revocar la ayuda económica de Estados Unidos a los gobiernos extranjeros conformados por grupos terroristas islámicos sería, una vez más, adoptar una política. Pero Obama no hace política – salvo cuando se trata de atacar a Israel.

En una entrevista con el New York Times el miércoles, el hijo de Muammar Qaddafi, Seif al-Islam Qaddafi, dijo que él y su padre están negociando un trato que va a combinar sus fuerzas con fuerzas islamistas para restablecer el orden en su país. En cierto grado, la incapacidad de Estados Unidos para derrocar a Qaddafi – aún apoyando una oposición que incluye a miembros de Al-Qaeda – es la prueba más clara de que Obama sustituyó la actitud por sobre la política en cualquier lugar que no sea Israel.

Actuando bajo una resolución de Naciones Unidas y respondiendo a la doctrina de “Responsabilidad de Proteger”, Obama fue a la guerra contra Qaddafi hace 5 meses. Pero una vez que la realidad de la guerra invadió su visión feliz de Lone Rangers montado en un caballo blanco, Obama perdió interés en Libia. Mantuvo fuerzas estadounidenses en la batalla, pero no les dio ningún objetivo.

Mientras tanto, el hijo de Qaddafi se siente libre de encontrarse con el New York Times y desafiar a Estados Unidos en frente de las cámaras.   

Las olas de caos, guerra y revolución que sacuden al medio oriente demuestran a las claras que el conflicto de los árabes con Israel no es más que un ápice en su experiencia de tiranía, fanatismo, esperanza y traición. Entonces, dice mucho de Obama que, 8 meses después de estallar la rebelión en Turquía, su única política del medio oriente consista en atacar a Israel.

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