Jerusalem, capital indivisible del pueblo judío

¿Que pasaría si la capital de Israel volviera a dividirse?

El artículo de Gustavo Perednik, publicado en JAI Uruguay, nos da la respuesta. No dice nada nuevo, nada que no pueda saber aquel que leyó algo de historia, está desprovisto de prejuicios y descubrió — o está abierto a descubrir — la raíz del mal llamado “conflicto” en medio oriente. Pero los bien intencionados apologistas de la paz no descansan; y los mal intencionados apologistas del odio tampoco. Así que, en honor a la verdad y al futuro del Estado judío, debemos ponernos los guantes y barrer las mentiras que estos dos grupos nos dejan por el camino.  

 

El milagro del siglo XX ha florecido en el desierto, y sus gigantescos logros nos han hecho mejores judíos. Nuestra identidad y el Estado de Israel se fortalecen mutuamente. Y un factor central que ayuda en ambas direcciones es la Jerusalem indivisa, centro eterno de nuestro pueblo.

Que ella fue solamente capital de los hebreos, y que la milenaria fidelidad judía a la ciudad no tiene parangón, todo ello se ha explicado incontables veces. Pero hay un motivo adicional por el que la capital de Israel jamás debería volver a dividirse, un motivo que tiene que ver precisamente con la judeidad del Estado.

Y es que el nudo del conflicto en esta región es el rechazo de esa judeidad, la no aceptación de lalegitimidad de Israel como Estado judío.

Cada vez más gente comprende el problema palestino no es la causa de la guerra contra Israel, sino suconsecuencia. El enfrentamiento no es resultado de un problema territorial ni de refugiados: resulta de la obcecada resistencia del mundo árabe-musulmán a admitir por derecho un Estado judío y democrático en su seno. Dicha obcecación los lleva a conmemorar en contra de lo ajeno y no a favor de lo propio: la Nakba y la Naksa son simples impugnaciones de Israel. Lo cierto es que la verdadera Nakba (“tragedia”) sufrida por los palestinos en 1948 no fue, como difunden sus líderes y los medios en Europa, la creación de Israel, sino elrechazo de Israel. Ese violento rechazo los arrastró a una existencia de guerra, miserias y destrucción, en lugar de la vida de democracia, paz y progreso al que los llevaría su convivencia con el Estado judío.

Abordemos la temible posibilidad de que Jerusalem volviera a dividirse, como tristemente vienen recomendándonos los supuestos apologistas de la paz. Jerusalem oriental pasaría a ser capital del segundo Estado árabe de Palestina (el primero es Jordania). Millonarias inversiones de Arabia Saudita y otros países se invertirían para desarrollar la ciudad oriental, en competencia con la Jerusalem judía.

Lo que jamás invirtieron mientras poseyeron Jerusalem oriental en sus manos, esta vez lo gastarían en abundancia, a modo de celebración del despojo del pueblo judío. Millones de árabes palestinos podrían ser transferidos a la ciudad oriental, que crecería en remedo del de la ciudad judía. Así ocurriría si un gobierno judío se sometiera a evacuar partes de nuestra capital.

Y estallaría una lucha adicional entre “las dos Jerusalem”, más grave y sutil: la carrera por cuál de las dos partes resultaría la “auténtica heredad” de la Jerusalem espiritual, de la ciudad de las canciones de gesta en Francia, y la del poemario en el Renacimiento, la del himno británico, la inspiradora de Occidente.

Aunque para nosotros la respuesta es obvia, el mundo árabe se abocaría a resaltar que “la de ellos” es la verdadera, y la Europa judeofóbica volvería a secundarlos, por lo que habría nuevamente un embate contra la legitimidad del Estado judío.

Por ello, erosionar la judeidad de Jerusalem sería un modo de rechazar al Estado renacido del rey David y de los macabeos, e insistir en presentarlo como un usurpador artificial. Esa sería la manera en que nuestros enemigos justificarían el despojo de Israel.

La división de Jerusalem sería nefasta no solamente porque es un renunciamiento esencial del pueblo hebreo; no solamente porque significaría un premio a la agresión y una palmaria injusticia, sino porque, lejos de apaciguar los ánimos belicistas de los regímenes de la región, avivaría los fuegos del conflicto y empujaría a los árabes a seguir luchando contra la legitimidad del Estado judío.

Nos quedaríamos sin justicia, sin ciudad, y sin paz.

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