Se acerca la tormenta

De la primavera árabe al invierno israelí

Por Julián Schvindlerman

Comunidades 21/9/11

 

El Medio Oriente ha sido legendariamente una región colmada de incertidumbres, pero aún para sus estándares usuales, desde el estallido de las revueltas árabes el escenario de lo inesperado ha estado subiendo hasta alcanzar niveles peligrosamente inquietantes. Para el Estado de Israel esto ha sido trágicamente obvio.

 

El resquebrajamiento de su relación con Turquía y el deterioro de su relación con Egipto son los dos más grandes males estratégicos que han surgido de este cuadro de situación. Desde que Turquía reconoció a Israel en 1949, convirtiéndose en la primera nación musulmana en hacerlo, y desde que Egipto firmó la paz con Israel en 1979, transformándose en la primera nación árabe en lograrlo, Jerusalem halló cierto consuelo en la realidad de que dos actores centrales de la geopolítica regional estaban, de algún modo, de su lado. Ankara era un aliado militar crucial del estado judío y un socio en la lucha anti-terrorista. Baste recordar que Israel usó el espacio aéreo turco al bombardear un reactor atómico en construcción en Siria en 2007, o que fuerzas turcas detuvieron ese mismo año en su territorio nacional un tren de carga con trescientos cohetes iraníes rumbo a  Siria. Con su acuerdo de paz, El Cairo edificó un pilar crítico de la estabilidad bilateral, se erigió como el gran contenedor de una guerra colectiva árabe-israelí por las últimas tres décadas y actuó como un mediador de paz entre israelíes y palestinos. Pero ahora, ambos países parecen decididos a dar una vuelta de página del libro de la historia árabe-islámica y a dejar la otrora fructífera asociación con Israel en el pasado.

 

A partir del ascenso del partido islámico en 2002, de la confrontación Israel-Hamas del 2009 y especialmente del incidente del Mavi Marmara en 2010, los turcos se han esmerado en hacer añicos sus lazos con Israel. Su primera reacción fue suspender ejercicios militares conjuntos, prohibir a aviones israelíes volar sobre su espacio aéreo y retirar momentáneamente su embajador de Tel-Aviv. El canciller Ahmed Davutoglu llegó a afirmar que “este ataque es como el 9/11 para Turquía”. Luego de la publicación del reporte Palmer-Uribe que, entre otras cosas validó el bloqueo israelí sobre Gaza, Ankara expulsó al embajador israelí y retiró al suyo del estado judío, degradó el estatus de la relación, congeló acuerdos militares y reforzó sus reclamos por una disculpa israelí por el operativo que dejó nueves ciudadanos turcos muertos, por una compensación material y por el fin del bloqueo marítimo a la Franja de Gaza. El premier Recep Tayyip Erdogan, quién anteriormente había agraviado a Israel seriamente, amenazó con enviar buques militares a modo de escolta a futuras flotillas humanitarias que navegaran hacia las costas de Gaza, insertando por primera vez en la historia de la relación la posibilidad de una guerra bilateral.

 

La salida de Hosni Mubarak puede haber sido necesaria para la incipiente democracia egipcia, pero resultó ser desastrosa para la seguridad israelí. Desde febrero, al menos cuatro veces fue saboteado el gasoducto que transporta gas desde Egipto a Israel, barcos iraníes navegaron por primera vez en décadas por el Canal de Suez, la construcción de un muro subterráneo entre Egipto y Gaza perdió vigor, Cairo auspició el reacercamiento entre la Autoridad Palestina y el movimiento fundamentalista Hamas, y el mismísimo tratado de Camp David ha sido puesto en tela de juicio. El Desierto del Sinaí, considerado un bastión de seguridad en el pasado no muy lejano, fue a mediados de agosto zona de tránsito para terroristas egipcios y palestinos provenientes de Gaza en ruta a Israel, donde provocaron múltiples atentados. Cuando soldados israelíes respondieron a los terroristas (disfrazados de policías egipcios), accidentalmente matando a seis soldados de frontera, la reacción oficial y popular fue extremadamente hostil. Ahmed Shahat, un joven de veintitrés años que trepó hasta el piso trece de un edificio de El Cairo que aloja a la embajada israelí y removió la bandera hebrea, se convirtió instantáneamente en héroe nacional y fue oficialmente recompensado con un puesto laboral en el gobierno, un nuevo departamento y una reunión con el Primer Ministro. Luego el gobierno ubicó una valla protectora la cual fue ceremoniosamente destrozada por el populacho que invadió la representación diplomática y, de no ser por la urgente intervención política de Washington que precipitó una operación de rescate egipcia, sus guardias de seguridad hubieran sido linchados in situ. Tal como el gobierno turco ante el Mavi Marmara, el gobierno egipcio espera una disculpa israelí.

 

Dos alianzas estratégicas cruciales, dañadas; el programa nuclear de Irán, intacto; el radicalismo de Hamas y de Hizbullah, persistentes; y fastidiosas iniciativas diplomáticas palestinas en las Naciones Unidas, auguran tempestades. A decir del cantautor español Joaquín Sabina, “el verano acabó, el otoño duró lo que tarda en llegar el invierno”.

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