Napoleón, Justo entre las Naciones, declara la independencia de Israel‏

Napoleón Bonaparte no conoció judíos en su infancia, ni tal vez durante sus años de estudio en Francia. Su primer contacto con una comunidad judía se produjo el 9 de febrero de 1797 durante la Campaña de Italia.
Cuando Napoleón y su ejército entraron a Ancona, la comunidad judía de esa ciudad vivía confinada en un estrecho ghetto cerrado de noche. Le sorprendió constatar que ciertas personas llevaban gorros amarillos y brazales con la estrella de David. Preguntó la razón de ello a uno de sus oficiales. Éste le respondió que eran judíos que debían obligatoriamente regresar a su ghetto antes de la noche. Estaban marcados de esa manera para permitir verificar que no infringieran esta regla. Napoleón ordenó inmediatamente que los gorros y los brazales fueran quitados y los remplazó por la roseta tricolor. Suprimió el ghetto y dio instrucciones para que los judíos pudiesen practicar abiertamente su religión y vivir libremente en donde los desearan. Los judíos de Ancona estuvieron sorprendidos y encantados al constatar que los primeros soldados franceses que entraron en el ghetto eran judíos.
Más tarde, Napoleón liberó igualmente a los judíos de los ghettos de Roma, Venecia, Verona y Padua.
El “Liberador de Italia” abolió las leyes de la inquisición, y los judíos fueron finalmente libres.

¿He aquí otro hecho que merece ser señalado. El 12 de junio de 1798, cuando los franceses se apoderaron de Malta, Napoleón se enteró de que los Caballeros prohibían a los judíos practicar su religión en una sinagoga. Trataban a los prisioneros judíos como esclavos y los utilizaban o los vendían sin piedad. Napoleón dio inmediatamente a los judíos permiso de construir una sinagoga.
¿Pero he aquí un hecho sorprendente que es poco conocido.
Cuando los franceses asediaban San Juan de Acre, Napoleón había preparado una proclama creando en Palestina un Estado judío independiente.
Pensaba ocupar San Juan de Acre en los días siguientes y dirigirse enseguida a Jerusalem para lanzar ahí su proclama. A causa de los ingleses que acorrieron en ayuda de los turcos, no pudo realizar ese proyecto.

PROCLAMA A LA NACIÓN JUDÍA
Cuartel general Jerusalem,
1ero floreal, año VII de la República Francesa (20 de abril de 1799)
Bonaparte, comandante en jefe de las armadas de la República Francesa
en África y en Asia, a los herederos legítimos de la Palestina: ¡Israelitas, nación única que las conquistas y la tiranía han podido, durante miles de años, privar de su tierra ancestral, pero ni de su nombre, ni de su existencia nacional!
Los observadores atentos e imparciales del destino de las naciones, aún si no tienen los dones proféticos de Israel y de Joel, se dieron cuenta de la justeza de las predicciones de los grandes profetas quienes, la víspera de la destrucción de Sión, predijeron que los hijos del Señor regresarían a su patria con canciones y en la felicidad y que la tristeza y que los suspiros huirían para siempre jamás. (Isaías 35. 10).
¡De pie en la felicidad, los exiliados! Esta guerra sin ejemplo en toda la historia, ha sido emprendida por su propia defensa por una nación cuyas tierras hereditarias eran consideradas por sus enemigos como una presa ofrecida que desmenuzar. Ahora esta nación se venga de dos mil años de ignominia. Aunque la época y las circunstancias parecen poco favorables a la afirmación o hasta a la expresión de vuestras peticiones, esta guerra os ofrece hoy, contrariamente a toda espera, el patrimonio israelí.
La Providencia me ha enviado aquí con un joven ejército, guiado por la justicia y acompañado por la victoria. Mi cuartel general está en Jerusalem y en algunos días estaré en Damas, cuya proximidad ya no es de temer para la ciudad de David. ¡Herederos legítimos de la Palestina!
La Gran Nación que no trafica los hombres y los países según la manera de aquellos quienes han vendido vuestros ancestros a todos los pueblos (Joel 4. 6) no os llama a conquistar vuestro patrimonio. No, os pide tomar solamente lo que ya ha conquistado con su apoyo y su autorización de quedar amos de esta tierra y de conservarla a pesar de todos los adversarios.
¡Levantaos! Mostrad que todo el poder de vuestros opresores no ha podido aniquilar el valor de los descendientes de esos héroes que habrían hecho honor a Esparta y a Roma (Macabeo 12. 15). Mostrad que dos mil años de esclavitud no han sido suficientes para ahogar ese valor.
¡Apresuraos! Es el momento que tal vez no volverá de aquí a mil años, de reclamar la restauración de vuestros derechos civiles, de vuestro lugar entre los pueblos del mundo. Tenéis el derecho a una existencia política en tanto que nación entre las demás naciones. Tenéis el derecho de adorar libremente al Señor según vuestra religión. (Joel 4. 20).

Sin el fracaso frente a Acre, Napoleón, por medio de esta proclama impresa y fechada el 20 de abril de 1799, habría creado el Estado de Israel. Los judíos no hubieran debido esperar 150 años antes de volver a tener un estado independiente.
Esta proclama, sin embargo, produjo frutos. Dio nacimiento al sionismo al reforzar la idea de que era justo que los judíos recobraran una patria. Las ideas expresadas por Napoleón exaltaron el entusiasmo de todos aquellos que vieron en ellas la realización de la profecía bíblica según la cual los judíos recobrarían un día la posesión de la tierra de sus ancestros; muy especialmente en Inglaterra. Ciento dieciocho años más tarde, en 1917, el Conde de Balfour, que era el jefe del partido conservador, declaró que Inglaterra debía ayudar al pueblo judío a recuperar su patria en Palestina, pero no fue sino 31 años más tarde, en 1948, cuando el Estado de Israel será reconocido por un voto de la Asamblea General de las Naciones Unidas. La declaración de Napoleón, ese primer día de Pascua de 1799, tendrá pues un papel importante en la creación del Estado de Israel.
En el Moniteur Universel de París, con fecha del 22 de mayo de 1799, hallamos: « Bonaparte ha publicado una proclama por medio de la cual invita a todos los judíos de Asia y de África a juntarse bajo su lábaro con miras a restablecer la antigua Jerusalem. Ya armó a un gran número, y sus batallones amenazan Alep. »
El 16 de agosto de 1800, Napoleón declaró: “Si yo gobernara una nación judía, restablecería el templo de Salomón.”

El 10 de noviembre de 1816, O’Meara – médico personal del Emperador en Santa Elena – había preguntado a Napoleón por qué había dado a los judíos tantos ánimos: El Emperador respondió, y lo cito: «Quería libertar a los judíos para hacer de ellos ciudadanos enteramente. Debían beneficiarse de las mismas ventajas que los católicos y los protestantes. Insistía en que fuesen tratados como hermanos puesto que somos todos herederos del judaísmo. Por lo demás, pensaba atraer a Francia un refuerzo precioso. Los judíos son numerosos y hubieran venido a instalarse en masa en un país que les acordaba más privilegios que cualquier otra parte. Sin los eventos de 1814, muchos judíos de toda Europa hubiesen ido a establecerse en Francia, en donde libertad, igualdad y fraternidad les eran aseguradas, y donde la puerta de los honores les estaba abierta. Así hubieran participado a la grandeza nacional».
A lo largo de su reinado, Napoleón sintió una gran simpatía por los judíos. Siempre hizo lo que le era posible para que éstos gozaran de los mismos derechos que los católicos y los protestantes.
La Revolución de 1789 había aligerado en Francia las medidas de ostracismo impuestas a los judíos. El 27 de noviembre de 1791, un decreto de la Asamblea Constituyente les había acordado la ciudadanía plenamente. De hecho, se trataba en este caso de una simple profesión de fe, sin dimensión práctica. En efecto, la Asamblea Legislativa no tomó ninguna medida de aplicación. En cuanto a la Convención, cerró las sinagogas, prohibió hablar hebreo y de una manera general le hizo la vida difícil a los judíos.
Durante el Directorio, las sinagogas fueron devueltas al culto y algunos judíos aislados pudieron dedicarse a los negocios o a una carrera política.
No obstante, la masa permaneció desaprobada o apenas tolerada. Cuando el poder es confiado a Napoleón en Francia, la condición de los judíos es pues precaria e inestable. Se halla sometida, según las regiones, al arbitrario de las costumbres locales, ora liberales, ora tiránicas. Las creencias personales de Napoleón en materia de religión nunca fueron demasiado marcadas. En cambio, tenía un espíritu de tolerancia fuera de comparación. Por doquier donde extendió su poder, estableció la libertad de cultos. Decía “La fe no es del dominio de la ley. Es un bien personal del hombre y nadie tiene derecho de pedirle que rinda cuentas sobre el tema”.

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