Agresión o amenaza de agresión de Irán contra Israel: Cuándo se justifica el derecho a la autodefensa

Agresión o amenaza de agresión de Irán contra Israel: Cuándo se justifica el derecho a la autodefensa
Ezequiel Eiben
8/8/2013
2 Elul 5773

Con motivo de la celebración de la jornada de Al Quds[1], organizada por el gobierno de Irán en forma anual a partir de la Revolución Islámica de 1979 en un despliegue demagógico a favor de la “causa palestina”, el presidente saliente Mahmoud Ahmadinejad dijo en la edición de este año: “Les informo, con Dios como testigo, que una tormenta devastadora está en camino para eliminar las bases del sionismo”[2]. Ahmadinejad es un fiel representante del islamismo, movimiento político asentado sobre las bases del fanatismo religioso, el estatismo totalitario y la exportación del terrorismo hacia el resto del mundo.
Su sucesor en la presidencia, Hassan Rohani, previo a asumir el cargo para el cual fue elegido por una gran mayoría, esbozó en la misma línea: “El régimen sionista es una herida infligida hace años al cuerpo del mundo islámico que hay que curar”[3]. Como vemos, el blanco predilecto de las amenazas, hostilidades y canalización de odio sigue siendo Israel, no importa que cambie el gobernante. Para Irán, la destrucción de Israel es una política de Estado.
La primera ironía es que muchos en el ambiente progresista perciban a Rohani como opuesto políticamente a Ahmadinejad. La segunda, es que llamen al nuevo presidente “moderado”, queriendo efectuar una contraposición frente al fanatismo del viejo. Si bien se ha hablado superficialmente de una mayor apertura en el tratamiento del plan nuclear de Irán, lo cierto es que cobijar el adjetivo “moderado” en el sentido político imperante en la actual cultura, no solo es apresurarse sino ignorar (o no querer ver) que hay un deseo que comparten las dos figuras políticas: ganas insaciables de borrar del mapa al país que les molesta. Y esto se afinca en un principio básico, también compartido: el inicio de la violencia contra inocentes como método para alcanzar metas políticas.
Frente a semejante panorama, nada alentador para los que desean un futuro de paz en la región (futuro de paz que incluya la existencia de Israel; no la “paz” que muchos quisieran excluyendo al Estado Judío), vienen unas palabras nada alentadoras para los que se preocupan por las aspiraciones genocidas del gobierno iraní. El Ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Guido Westerwelle, afirmó en relación a lo dicho por Rohani: “Lo juzgaremos por sus actos y no por sus palabras”. Es decir, que no se puede emitir un juicio de valor ante un comentario que desconoce el derecho a existir de Israel, obvia mencionar su nombre cambiándolo por la inadecuada expresión “régimen sionista”[4] en otra muestra de la intención de no reconocerlo, lo trata peyorativamente como una “herida”, y emplea el descarado eufemismo de la “curación” del mundo islámico para referirse a la destrucción del país judío y al genocidio de sus habitantes. Si no se puede juzgar, ni hablemos de efectivamente actuar. Es más, acorde a esta postura, proferir una amenaza siguiendo una larga cadena de amenazas de antecesores, en el marco del desarrollo de un programa nuclear, son solamente “palabras”, no actos.
Westerwelle debería pensar que esas palabras del presidente electo de Irán son efectivamente un “acto”: un acto de amenaza contra la existencia de un país y la integridad de sus millones de habitantes; una amenaza real en un contexto de desarrollo nuclear del amenazador. ¿A qué me refiero con lo real de la amenaza? A que esta es creíble y posible[5], acorde a lo exigido por las teorías del Derecho Penal. Hay un régimen teocrático, totalitario, fanático, terrorista, en busca de armamento nuclear, que anuncia un futuro mal ilícito a Israel para aterrarlo e incomodarlo. ¿Esta amenaza no es un “acto” que requiera ser “juzgado”? acorde a los estándares del ministro alemán, no.
Otra cosa que se desprende de tan desafortunado comentario es el planteamiento del punto de partida y los límites de la autodefensa. Llevando hasta las últimas consecuencias el razonamiento de Westerwelle, frente a estas simples palabras no cabe aún actuar. Hay que esperar a los actos de verdad. ¿Qué será para Westerwelle un acto, a partir del cual se justifica la reacción del amenazado? Si “acto” fuera que Irán obtuviera un arsenal masivo de armamento nuclear, la reacción de Israel ya sería la de combatir en una guerra a gran escala lanzada en su contra. Si “acto” fuera que Irán tomara completamente la iniciativa y lanzara una bomba nuclear contra Jerusalén, Israel ya no tendría respuesta. Su espera pasiva sería lo último decidido antes de perecer. En ambos casos, el beneficiado es el amenazador, y el perjudicado es el amenazado. En el primer supuesto, porque se le da rienda suelta al enemigo para armarse y ponerse a la altura del enfrentamiento cuando podría haberse aplacado su ambición con anterioridad. En el segundo supuesto, porque la víctima ya no tiene capacidad de reacción, se deja atacar y no se defiende preventivamente, y eso significa su desaparición.
Israel hará bien en desoír a Westerwelle y a todos aquellos intenten maniatarlo reduciendo su margen de acción hasta que la tormenta esté encima. Debe adoptar la posición liberal de autodefensa: la fuerza física se justifica como respuesta ante una agresión o amenaza de agresión contra la vida y propiedad. Esto es el ejercicio eficaz del sagrado derecho a la autodefensa, en un delineamiento adecuado y reconociendo con buen criterio el punto de partida para ponerlo en marcha. No hay que esperar a la agresión física, porque puede ser demasiado tarde y no haber posibilidad de contraataque. La amenaza creíble y posible del enemigo ya es justificativo suficiente para defenderse actuando en consecuencia. Y por supuesto, Israel tiene el derecho (y sus representantes políticos el deber) de elegir los mejores medios disponibles para defenderse de la mejor manera. Por lo que no debe sentirse desubicado si lleva adelante una operación militar para destruir las instalaciones nucleares iraníes y acabar con la amenaza. No debe sentirse en falta si se propone reducir a cenizas todo lo que tenga que ver con el militarismo iraní. No debe darse vuelta a ver quien está mirando si se plantea soplar esas cenizas para que no quede ni el menor vestigio de amenaza ni la menor señal de reconstrucción del enemigo.
En 2011, Westerwelle dijo sobre el plan nuclear de Irán: “No participamos en el debate sobre una intervención militar. Creemos que esas discusiones son contraproducentes”[6]. Mientras el ministro habla desde la comodidad en Alemania porque no es él quien está amenazado y continúa su derrape en las evaluaciones de lo que es contraproducente, Israel hace bien en no renunciar a un operativo militar. Hace bien en estar preparado. El verdadero ejercicio del derecho a la autodefensa se lo exige.       


[1] Nombre que los musulmanes le dan a Jerusalén

[2] Para el nuevo presidente iraní, “Israel es una herida que hay que eliminar”
http://america.infobae.com/notas/75684-Para-el-nuevo-presidente-irani-Israel-es-una-herida-que-hay-que-eliminar

[4] La primera inexactitud viene dada por el hecho de considerar a Israel simplemente como un “régimen” cuando es en su amplitud un país con millones de habitantes, dentro del cual se desarrollan sistemas políticos, proyectos sociales, emprendimientos tecnológicos, competencias deportivas, exposiciones artísticas, y todo lo que hace a la vida de un país. Con la palabra “régimen” opera una reducción del desarrollo pujante de todo Israel, a un mero orden político. La manipulación lingüística sirve para ocultar que “borrar al régimen sionista del mapa” implica destruir la totalidad del país y armar un genocidio contra sus habitantes; y hacer pasar tal expresión como una lucha solamente dirigida a una entidad política. La segunda inexactitud se encuentra en el calificativo de “sionista”, puesto que en Israel, un lugar donde hay libertades impensadas para el resto de los países de Medio Oriente, viven tanto sionistas como anti-sionistas.

[5] Una “amenaza” no creíble ni posible sería el caso de un niño que enojado porque un adulto le quitó un caramelo, le grita en un arrebato algo que podría interpretarse como una promesa de infligirle una grave herida física. Allí el hecho no reuniría las características para configurar la tipicidad de la amenaza como delito en un sistema de derecho penal serio.

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