Yom Yerushalaim

A LA BÚSQUEDA DE JERUSALÉN

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Por Eli Wiesel, extraído del libro “Un judío hoy”

En el principio era Jerusalén

El sonido que provenía de las montañas, un llamado misterioso y lánguido. Una visión constantemente cambiante de un paisaje deslumbrante. Silencios dolorosos, silencios alegres.

Ciudad milagrosa que llega al cielo: la recuerdo con la misma claridad e intensidad con que recuerdo al niño que la añoraba. Parecía que hubiese pronunciado su nombre antes que el mío. Un nombre melodioso, evocativo de una distancia, familiar y sin embargo de un pasado desconocido, un nombre que consolaba incluso mientras inspiraba temor, especialmente al caer la noche, a esa hora de penumbra cuando los niños temen quedarse solos. Alguien tarareaba una canción de cuna o me enseñaba una plegaria. Cerraba entonces mis ojos y descubría una ciudad encantada y encantadora que se formaba en un sueño donde todos los hombres eran príncipes, excepto unos pocos vagabundos y sabios misteriosos de ojos ardientes. Y yo marchaba a su encuentro, conteniendo mi respiración.

Adivinaba el nombre del lugar. Sabía que se trataba de Jerusalén. De todos modos no podía situarla: ¿existía solamente en la imaginación de los niños y en la memoria de los ancianos?

Destruida una y otra vez, y sin embargo viva, conquistada una y otra vez, y sin embargo soberana, esta capital de la supervivencia tenía, si nos guiamos por las leyendas antiguas, dos caras, dos destinos.

Jerusalén terrestre y Jerusalén celeste: una, visible, evocando el luto y la lamentación; la otra, intangible, trayendo paz y eternidad. Y las dos se juntan en aquellas que saben cómo buscar dentro de las palabras y la memoria.

¿Pero qué sucede si uno no sabe buscar?

“Jerusalén”, solía decir mi abuelo, llorando, llorando con todo su ser. “Jerusalén”, solía decir mi maestro, riendo, riendo con todo su ser.

En un libro cuyas páginas estaban rotas y amarillentas había visto el dibujo de un muro intensamente alto, delante del cual estaban rezando de pie unos pocos creyentes melancólicos. Esta es Jerusalén, me informaron. De ahí en más estaba convencido de que ese lugar sólo podía hallarse en los libros – y era en ellos donde debía buscarse.

Libros de oraciones, libros de leyendas. Promesas y memorias. Hace mucho tiempo y el año próximo. David y el Mesías. Gran nostalgia, genuina expectativa. Exilio y retorno. Punto de partida y clímax. La historia judía no sería judía – no sería del todo – sin esa ciudad, la más judía de todas, la más universal también.

El niño que yo era la amaba más de lo que amaba a su pueblo natal. Pertenecía a ella, vagaba por sus callejones, me extraviaba en sus sombras. Y mis propios humores reflejaban sus sucesivas glorias y desolaciones.

Una costumbre: al finalizar una comida debe quitarse de la mesa hasta el último cuchillo antes de recitar la acostumbrada bendición evocando la añoranza del judío por Jerusalén. ¿Por qué? Porque la mesa simboliza el altar del cual todos los instrumentos mortíferos deben ser retirados. Y también, bajo la influencia de la nostalgia y la tristeza, el judío puede dejarse llevar por el impulso y clavarse el cuchillo en el corazón, mejor no exponerse a semejante tentación.

Un recuerdo: durante Pesaj, Shavuot y Sucot, nos cuenta una leyenda talmúdica, a los peregrinos nunca les faltaba espacio en el Templo. La gente convergía allí de todos los rincones del país, y “nadie se quejaba de estar apretujado”, milagro que jamás ocurría en la corte de nuestro rabino, que siempre estaba repleta. ¿Pero sucedía este milagro realmente en Jerusalén? No, decían las mentes emancipadas que no creían en maravillas. ¿Pero entonces cómo se explica? ¿Acaso se animaban a contradecir al Talmud? En absoluto. También Jerusalén estaba sobresaturada y sofocante, decían ellos, pero ocurría que… nadie protestaba, nadie se quejaba. Su razonamiento era pobre; no llegaban a comprender que precisamente en eso radicaba el milagro: el milagro de judíos que no se quejan.

En el noveno día de Av llorábamos por la destrucción del Templo. Era un día de ayuno y luto. Aturdidos, nos vestíamos con harapos y caminábamos de un lado para otro. Descalzos, nos sentábamos en bancos bajos o en el piso, leyendo las descripciones realistas de nuestra catástrofe nacional y religiosa que estaban escritas en el Talmud. Escenas de horror que helaban la sangre. Kamtza y Bar Kamtza: una historia de odio, de odio gratuito. Nevuzradan, Aspianos, Titus: heraldos de desolación y muerte. Yojanan Ben Zakkai y sus discípulos; supervivencia por medio del estudio, rezo y la palabra. La masacre de los inocentes, el orgullo del invasor. Desterrados de su ciudad en llamas, los judíos habrían de vivir veinte siglos con el recuerdo de sus ruinas y su gloria.

“Jerusalén”, decía mi maestro, “es la ofrenda de Dios a los hombres, y es un santuario erigido por el hombre en honor de Dios. Se espera que ambos vivían allí con temor, en éxtasis y esperanza; la más dolorosa de las esperanzas”.

Una máxima: ¿por qué Jerusalén fue reducida a cenizas y saqueada? Porque los sabios y estudiosos ya no imponían más respeto. O porque los judíos se odiaban mutuamente sin razón. O si no, porque la gente había perdido todo sentido de la vergüenza.

Una imagen: cuando las legiones enemigas se disponían a incendiar la capital ocupada, cuatro ángeles bajaron del cielo y le prendieron fuego, como para demostrar la impotencia de los mortales cuando atacan la ciudad de Dios. Jerusalén sólo puede ser destruida por Dios, e incluso Él mismo no tuvo éxito.

Otra imagen: tres jóvenes sacerdotes emergen del Templo en llamas, interrumpen el servicio sagrado y trepan al techo. Ahí se dirigen a Dios: “No supimos salvaguardar Tu morada, y por lo tanto Te devolvemos sus llaves”. Dicho lo cual arrojan las llaves al cielo. Y aparece una mano de fuego, agarra las llaves y se las lleva.

Hubo un tiempo en que yo condenaba a esos sacerdotes jóvenes; consideraba que su gesto había sido pueril y fácil. ¿Por qué devolver las llaves? En lo que a mí respecta, hubiera preferido un lenguaje más osado, más provocativo: “Señor del Universo, eres libre para renunciar a Tu santuario, eres libre para sacrificar a Tus sacerdotes y a Tu pueblo. Pero las llaves son nuestras, y nos las quedaremos”.

Luego veía a las llamas rodeando a todos los sacerdotes, jóvenes y ancianos, y veía que las llamas los llevaban: se transformaban en las llaves del Templo. Entonces yo dejaba de condenarlos.

Una historia: hacia el fin del sitio efectuado por los babilonios a Jerusalén, cuando la derrota de los judíos era una certeza, Dios ordenó al profeta Jeremías que convocara a Abraham, Isaac y Jacob. “Anda”, le dijo Dios, “diles que vengan rápido, Yo los necesito, pues ellos saben llorar”. Jeremías hizo tal como se le había ordenado. Fue a ver a los patriarcas, pero les ocultó el verdadero propósito de la convocatoria. Cuando ellos insistieron en saber por qué Dios deseaba verlos, el profeta adujo ignorarlo. Temía, dice el Midrash, que los patriarcas lo consideraran responsable por su inhabilidad para prevenir la catástrofe; temía que ellos lo criticaran por haber sobrevivido.

Los sobrevivientes de nuestra época tienen eso en común con nuestro trágico profeta. Viven con un temor constante a no saber cómo llorar, de ser incapaces de llorar verdaderamente. Sienten que su supervivencia es tan sólo una injusticia.

Hemos retenido las palabras de Jeremías pero no, ¡ay! Sus silencios. Pertenecen tanto a Jerusalén como el resto, y quizás más. Para mí, Jerusalén trae recuerdos; para mí, Jerusalén trae plegarias: plegarias sin palabras, palabras sin simulaciones.

Jerusalén: el punto central, estable de nuestra vida. Ilumina, fascina, atrae. Y sin embargo…

Una conversación:

“Tenemos derechos sobre Jerusalén”, dice el cristiano. “Hemos peleado por Jerusalén. Nos hemos dejado matar por Jerusalén. Estuvimos orgullosos de matar por Jerusalén”.

“Nosotros también”, dice el musulmán. “Hemos peleado por Jerusalén. Estuvimos orgullosos de matar por Jerusalén”.

“Es verdad” dice el judío. “Nosotros hemos construido Jerusalén, y la hemos reconstruido. Sin embargo, aunque nos hemos dejado matar por Jerusalén, nunca estuvimos orgullosos de matar por ella”.

Recuerdo mi primera visita a Jerusalén. Era de noche, y acabábamos de desembarcar en un reino extraño e inhumano. Alambre de púas, por todas partes alambres de púas, y encima nuestro cielo en llamas. Me rodeaban compañeros de viaje quienes, como yo, estaban mirando, esperando una señal, una clave. ¿Existía una clave a esta pesadilla? Los prisioneros que gemían, los oficiales que gritaban sus órdenes, los perros ladrando, los gritos dementes que llegaban de lejos: sonidos y vistas que no producían ningún recuerdo, ningún eco.

Mientras tanto, otros pasajeros bajan tambaleándose de los vagones sobrecargados. La muchedumbre se hacía cada vez más espesa. Hombres y mujeres y niños arrancados de todas las tierras, portadores de todos los nombres de la historia judía, representando cada faceta del destino, y los vi convergir en este lugar, este lugar exaltado de la humanidad a la sombra de las hogueras de otra época. Y repentinamente un pensamiento terrible se cruzó por mi cabeza: esto es Jerusalén, esta es la hora de la redención. Finalmente el Mesías había arribado, y los hijos de Israel llegaban de todas partes, poniendo término al exilio. Iban agitados a darle la bienvenida, a agradecerle y bendecirlo. Atrás, la época del tormento; atrás, la época de la oscuridad. La reunión de los exiliados estaba ocurriendo delante de mis ojos. Y aquí estaba Jerusalén, tanto terrestre como celeste, abriendo sus puertas a sus habitantes, muertos y vivos, llegados para glorificarla a medianoche. Ahora puedo yo morir, podemos todos morir, contentos y en paz. En Jerusalén.

Y recuerdo mi segunda visita a Jerusalén. La describí anteriormente y continuaré describiéndola una y otra vez.

Tuvo lugar en Moscú, una tarde de otoño bajo un cielo plomizo. Pensé que estaba delirando, tan anonadada estaba mi imaginación debido a lo imprevisto, debido al impacto dinámico de lo que estaba presenciando.

El sueño comenzó al atardecer. De repente el centro de la capital se corrió de la Plaza Roja al pequeño callejón polvoriento al lado de la sinagoga. Esa tarde, para los jóvenes judíos todos los caminos llevaban al mismo sitio. Estudiantes y trabajadores, soldados y miembros del Kromsomol, llegaban solos o en pequeños grupos, indecisos pero alborozados, el pelo revuelto por el viento, las balalaikas colgando de sus hombres. Cautos pero orgullosos mientras se confundían con la muchedumbre, eran saludados con exclamaciones: “¡Viva este día! ¡Viva! ¡Que viva el pueblo judío! ¡Viva!

¿Cuántos había? Miles y miles. La calle era demasiado angosta para contenerlos. Atrapados en el frenesí de la danza, parecían flotar en el aire, transfigurados, arrancados de sus sombras, elevándose por encima de los edificios, por encima de la ciudad, como si estuviesen trepando una escalera invisible, la escalera de Jacob, la que llega hasta el firmamento y quizás más alto aún.

No me había sentido tan fuerte desde hacía tiempo, ni tan orgulloso. En un rapto como de ensueño, me plegué a sus filas, con mis sentidos enardecidos por su exuberancia, por su fervor colectivo. Y me dejé transportar muy lejos en el pasado, en el futuro, en las nubes; olas luminosas me llevaban hacia otras costas, otros cuentos, a un lugar donde todas las cosas culminan en milagros y canciones.

Me olvidé que era la víspera de Simjat Torá – que se celebraba en Moscú como jamás fue celebrada en ninguna otra parte. Me vi a mí mismo en Jerusalén, peregrino entre peregrinos en los días de los reyes, empujado y devorado por el torbellino humano de un pueblo que volvió a reclamar su tierra y su ciudad, un pueblo soberano en sus alegrías tanto como en sus premoniciones.

Luego vino mi tercera visita, a principios de junio de 1967. Todavía se estaba combatiendo en varios frentes. Había francotiradores por todas partes. Pero esto no impedía que un pueblo jubiloso corriera hacia la Ciudad Vieja, todavía sitiada. Soldados y talmudistas, jasidim y almaceneros, niños de colegio y ancianos, sobrevivientes de todos los infiernos, rostros de todos los destinos – yo los vi corriendo casi sin aire, casi volando, hacia las callecitas enroscadas, las casas que servían de barricadas, corriendo para encontrarse con el Muro. Y allí, incrédulos y respetuosos, como niños con miedo de despertarse, todos se detuvieron abruptamente. Recuerdo la calidad, la densidad del silencio que cayó sobre nosotros: nadie se animaba a romperlo, ni siquiera con la melodía de una oración. Entonces algunos comenzaron a llorar, otros a bailar. Por mi parte, me dije que este espectáculo no era nuevo; ya lo había experimentado antes, en otro lado, en otra vida, hacía ya eternidades.

Y en un destello observé todas las caras que habían formado a la mía: compañeros de colegio, vecinos, héroes de libros, amigos de los campos de concentración, compañeros dejados atrás a lo largo del extenso camino a través de innumerables pequeños pueblos. Nunca antes los había tenido tan próximos, tan presentes. De repente comprendí: Jerusalén nos estaba acercando a todas las provisorias Jerusalén del exilio que el enemigo había cubierto con cenizas. Así como nunca recordé a Jerusalén mejor que en mi pequeño pueblo natal de Sighet, nunca recordé a Sighet mejor que en Jerusalén.

Todos sollozaban. Mirábamos hacia atrás, buscando a nuestros invisibles antepasados, caídos en el camino, víctimas del azar y el infortunio. ¿En qué medida merecíamos nosotros lo que a ellos les fue vedado? Lloramos, porque no había nada más que pudiéramos hacer, seguramente por ellos no podíamos hacer otra cosa.

Recuerdo que, como cualquier otro peregrino, agarré un trozo de papel y tras anotar un deseo lo metí en los intersticios del Muro.

Aunque se supone que uno no debe revelar la naturaleza de semejante mensaje, de todos modos yo lo haré. Había escrito: “Esta es mi tercera visita a Jerusalén. Que nunca me olvide de las dos que le precedieron”.

Y una voz dentro de mí contestó Amén. Reconocí la voz: no era la mía; era la de un hombre mayor que había muerto, una ofrenda en sacrificio a la noche en otra Jerusalén.

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LOS PARACAIDISTAS LLORAN

Este muro escuchó muchos rezos. Este muro vio ya muchas murallas derribadas. Este muro percibió ya muchas manos de madres dolientes y trozos de letras escondidas entre sus piedras. Este muro vio a Rabi Yehuda Halevi arrastrarse ante él. Este muro vio cesáreos elevarse y ser exterminados.

Pero el muro este, no vio aún, paracaidistas llorar. Este muro los vio cansados y agotados. Este muro los vio heridos y sangrantes, correr hacia él, mientras sus corazones latían fuertemente, bramando y en silencio, brincando por las callejuelas de la antigua ciudad.

Y ellos cubiertos de polvo y con labios ardientes murmuraban:

Si te olvidare Jerusalén, si te olvidare…

Y ellos son ágiles como el cóndor y poderosos como el león.

Y sus tanques, el carruaje fogoso de Elyahu Hanaví.

Y ellos pasan como trineos. Y ellos desfilan irritados. Y ellos recuerdan los miles de años horribles durante los cuales ni siquiera teníamos un muro sobre el cual verter nuestras lágrimas.

Y he aquí que ellos se hallan frente a él, de pie y respiran hondo. Y he aquí que lo miran con dulce dolor. Y las lágrimas fluyen y ellos se miran uno al otro perplejos. ¿Cómo es posible que paracaidistas lloren?

¿Como es posible que palpen emocionados la pared?

¿Cómo es posible que de ese llanto brote un canto?

Tal vez sucede esto, debido a que estos muchachos de 19 años nacieron junto con la Declaración del Estado y portan sobre sus espaldas – el peso de miles de años…

Jaim Jefer

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Feliz Yom Yerushalaim, nuestra capital eterna e indivisible! Am Israel Jai!

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