La quinta de Cristina

Por Gustavo Perednik
También yo había caído en la voluntaria ingenuidad de suponer que la presidenta argentina no alberga sentimientos judeofóbicos. Fue nada más que un torpe exabrupto –me dije- lo que le dictó su tuít del 20 de abril (“Todo hace juego con todo”).

Igualmente me pareció correcto denunciar en la televisión y en otros medios el hecho de que la presidenta arremetiera contra un amasijo conformado por Paul Singer, Alberto Nisman, la DAIA y los “fondos buitre”, y que “descubriera” de este pulpo “un modus operandi que trasciende las soberanías nacionales” para socavar a los gobiernos (es decir: a ella).

Hacía (y hace) falta detenerse en la gravedad del tuít porque, como bien sintetizó el periodista Jonatan Viale, el mensaje parece inspirarse en Los Protocolos de los Sabios de Sión. No cabe esconder la cabeza frente a una acusación de la presidenta argentina contra las instituciones judías, las que supuestamente conspiran contra la patria en todos los países.
Si no hubiéramos sentido un deseo íntimo de estar equivocados, de preferir saltear el asunto, todos habríamos reparado en que el exabrupto no fue tal. No se trató de una agresión extemporánea y pasajera, sino de una sopesada decisión de enfrentar a la comunidad judía, y ello en fiel remedo del estilo político de su maestro Hugo Chávez.

La judeofobia de Chávez fue siempre visible: alcanza con recordar su mensaje navideño de que “los que crucificaron a Cristo se apoderaron de las riquezas del planeta”; baste con analizar su allanamiento de la escuela hebrea; será suficiente revisar su patológica demonización de Israel. Y el odio chavista bien podía atribuirse al asesor de ese gobiermo durante varios años: el nazi-islamista Norberto Ceresole, muerto una década antes que su asesorado.

No había tales precedentes en Cristina, y por ello nos pareció que cuando echaba mano de la judeofobia resultaba de un mero recurso demagógico en el que suelen incurrir los populistas.
Sin embargo, los años por venir quizás nos provean de la perspectiva necesaria para reconocer que sí hay un asesor ceresolesco de la Kirchner, al que siempre hemos preferido considerar marginal y poco influyente, y que responde al nombre de Luis D’Elía, el bastión de recalcitrante violencia judeofóbica. Queremos creer que se trata de un personaje menor, pero otra vez, los días que corren desmienten el pensamiento desiderativo.

Empecemos por la evidencia del deterioro de Cristina, que fue disparado por el Caso Nisman.
Después del primer tuit, el siguiente traspié lo tuvo el 2 de julio, cuando emitió una recomendación presidencial a los niños de diez años de Villa Lugano: lean El Mercader de Venecia “para entender a los fondos buitre”.

Justamente esa semana me tocaba dar en Israel una conferencia sobre el drama de Shakespeare, del que he escrito un ensayo. Lo menciono para dejar en claro que mi posición es muy apreciativa de la obra de Shakespeare, y que enseño a Shylock como una forma de la humanización del judío en las letras, en contra de los prejuicios de marras, y no, como es más habitual mostrarlo, como si el bardo hubiera modelado a Shylock para un embate judeofóbico (esta visión también está justificada, pero éste es otro tema).

Por lo tanto debemos insistir en que el problema de la recomendación no fue la obra sino el objetivo que le atribuyó a su lectura: entender las fuerzas maléficas y usureras que atentan contra los países. De ese objetivo se desprende claramente que, si ése fuera el mensaje de El Mercader de Venecia, en ese caso no queda duda de su judeofobia.

Para colmo, la Kirchner agravó las cosas al rechazar toda crítica al respecto (procedimiento rutinario) con el argumento de que… en Israel se había presentado la obra. Primero, respondamos que Israel es en materia cultural uno de los países más abiertos y libres del planeta. Y segundo y principal, agreguemos que el problema no está en difundir a Shakespeare sino en aprender de él fondosbuitrología y otras obsesiones kirchneristas.

Enseñanzas distintas destila Shakespeare. Mi opinión es que la intención del bardo fue contra la judeofobia, y me baso entre otros motivos porque los personajes cristianos que dibujó son mucho más rapaces, crueles, holgazanes e hipócritas que el judío, y Shakespeare denuncia su odio y su malicia sin reparo alguno.

Al respecto, es interesante recordar que en mayo de 2002 el Jefe del Ejército Argentino, General Ricardo Brinzoni, aconsejó al entonces periodista Héctor Timerman leer El Mercader de Venecia. Timerman respondió muy enojado, el INADI intervino y censuró a Brinzoni.

Ahora, trece años después, Timerman ya no es periodista sino ministro, y es nada menos que su jefa la presidenta quien recomienda la misma lectura (¡a niños escolares!). Suponemos que Timerman no se enojará esta vez, y el INADI no intervendrá contra la presidenta.

La tercera agresión, y la cuarta y la quinta
El tercer tropezón judeofóbico de Kirchner se produjo durante la entrevista que Dexter Filkins le hizo para The New Yorker (publicada el 12 de julio), en la que quien escribe estas líneas tuvo parte activa.

No me refiero a los fragmentos difundidos por la presidenta, en los que se omiten las conclusiones de Filikins sobre ella (vanidad, corrupción y autoritarismo), sino a la nota entera que en estos días fue subida a Youtube. 

La presidenta revela aquí a quién habría que endilgarle el atentado contra la AMIA una vez que se blanquee enteramente a Irán como ha decidido. Y procede en su incriminación como lo haría Luis D’Elía.

Explica Cristina que para saber qué ocurrió en la AMIA hay que analizar lo que ocurre en el mundo. Huelga aclarar al lector que éste es el método habitual de las teorías conspirativas, que consiste en elegir qué parte “del mundo” debe revisarse para luego echar culpas, y pasar a presentar esa relación artificial como si fuera la única explicación posible.

Así había hecho D’Elía para hallar a los culpables de las estafas de las Madres de Plaza de Mayo. Revisó qué “sucede en el mundo” y “se dio cuenta” de que el reo era el Mossad.

Cuando Cristina revisa “el mundo” para entender el ataque a la AMIA, no se fija en la consolidación de la revolución islamista en Irán ni en los procesos históricos de Latinoamérica o de China, sino en el asesinato de Isaac Rabín perpetrado, en sus palabras, por sectores que… bueno bueno, ”ahí está la verdad”, concluye Kirchner.

Es decir que cada vez más Cristina compra (y vende) el libreto de D’Elía: los atentados contra la Embajada y la AMIA los hizo “la derecha israelí”. Esa es la parte del mundo a la que siempre enfoca en su obsesión judeofóbica. Y es para alarmarnos que ése sea el cuadro que la presidenta ha comenzando a difundir.

Como si todo ello no fuera suficientemente atroz, el cuarto eslabón en la caída fue el tuit de ayer 14 de julio, en el que, para buscar “la verdad sobre el tumor que afecta a Timerman” Cristina no hurga en problemas familiares del ministro ni en los sinsabores de su vida política; no en la crisis económica de su país, ni en los delitos de sus gobernantes; no en la pobreza de cada vez más argentinos ni en ninguna otra causa que hubiera podido generar la mala sangre de su canciller. No hace falta buscar en ningún sitio porque Cristina tiene a los culpables preparados de antemano: la enfermedad de Timerman la provocaron… los judíos, que lo trataron mal. Cristina dixit.

Timerman renunció a la AMIA escupiendo insultos a la comunidad, pero es “cierta dirigencia comunitaria” la que lo maltrata, sentencia la Kirchner. Timerman quiere imponer un memorracho que exculpe a Irán de su terrorismo, pero él es la víctima, dictamina la jefa.

Y hay algo enormemente más grave en su tuit de ayer. Hacía mucho tiempo que el patriotismo de los judíos no era cuestionado por un gobierno democrático. Creíamos (otra vez nuestra ingenuidad nos traicionó) que habían quedado en el basurero de la historia argentina las discusiones sobre la lealtad de los judíos. Pero Cristina imputa a los dirigentes judíos argentinos porque no son como es ella: “primero argentina y después católica”. Los judíos son al revés, habráse visto.
La presidenta decidió poner notas de patriotismo a los demás, después de doce años de nepotismo y enriquecimiento de funcionarios, de encubrimientos, de embate contra el Poder Judicial, de destrucción de la Causa AMIA y de iranización. En el examen que la profesora ha tomado de patriotismo, los judíos fueron reprobados (ojo: no los “argentinos de origen judío”, esos sí que sí son patriotas). El criterio para amar a la patria pasa por K, por admirar el chavismo y perdonar a los ayatolás sus travesuras.

El futuro no es alentador. En los próximos meses Cristina irá encaminando a los judíos (no a los “de origen judío” sino a los judíos a secas) sobre cómo purgar su traición. Y, peor aún, les insinuará a los no-judíos cómo deben castigar la falta de patriotismo de los primeros. La receta será develada en la afrenta que ya se aproxima: la quinta agresión de la Kirchner.

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